Una campaña virtual de corte fascista (patria, libertad y orden) que iniciaron el lunes festivo, 20 de marzo, casi todos los mandatarios de los 32 departamentos, fue activada como una expresión de amenaza sindicada en contra del presidente de la República (“ordene a las fuerzas militares que disparen”), aunque ahora intenten disfrazarla de plan de apoyo a él y a su Gobierno, no vaya y sea que Petro se disguste y el Ministerio de Hacienda retrase los recursos que la Nación les transfiere a sus despachos. La estrategia basada en la publicación simultánea en los sitios oficiales de cada gobernación de la imagen del escudo de Colombia, en primer plano, acompañada por los mandatarios regionales que repetían el lema “libertad y orden”, enviaba un mensaje claro: o está con nosotros o nos movilizamos contra usted. La pieza propagandística tuvo un impacto desmesurado en la opinión ese día porque se “subieron” a ella algunos voceros de la ultraderecha que se sintieron muy cómodos con su simbolismo: Pacho Santos, Paloma Valencia, María Fernanda Cabal, otros de su corte, más unos periodistas y medios que representan su misma facción. Sin embargo, el ‘padre’ de esa campaña fue un personaje externo: al parecer, un costoso asesor publicitario contratado por la Federación Nacional de Departamentos, alumno aventajado de un estratega electoral famoso en el continente porque tira a “matar” con desprestigio al rival de quien le pague.
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La contratante, o sea la asociación de gobernadores, es una agrupación a la que la justicia no le mete diente a pesar de que maneja $55.000 millones derivados del interés del 1,5 % que cobra por recaudar —cuando debería hacerlo el Estado central— unos impuestos de consumo que pagan los habitantes de sus territorios, sin rendirle cuentas a nadie. Como los zánganos, los mandatarios locales viven de esa rica veta y del dinero que les llega del Gobierno central, sin mover un dedo. Y piden más. El presidente de la junta directiva de la oscura federación es, este año, el gobernador del Quindío, Roberto Jairo Jaramillo, un político tradicional afiliado al Partido Liberal, cercano a César y Simón Gaviria, y avalado, para la posición que hoy ostenta, por el Cambio Radical de Germán Vargas Lleras y por la U de la reputada baronesa electoral Dilian Francisca Toro quien, por cierto, desea volver a ser gobernadora del Valle del Cauca. Jaramillo fue el entusiasta activador del mensaje del escudo apropiado por el uribismo. Honró así su cercanía y la del 90 % de sus actuales colegas con Iván Duque, a quien nunca ni él ni los demás le hicieron plantón alguno por más incumplimientos en que incurriera.
La organización que Jaramillo representa desplegó propaganda electoral a favor de Federico Gutiérrez en la primera vuelta presidencial del año pasado (por cierto, Fico también se unió a la insurrección territorial). Después, apoyó a Rodolfo Hernández para frenar un posible gobierno de Petro. Por tanto, la estrategia que clama “libertad y orden” (que, en realidad, significa orden sin libertades en el lenguaje de Cabal y compañía) no es otra cosa que su verdadera vocación. Con todo, lo censurable de la sociedad departamental no es su tendencia derechista, aunque esta nace no de una convicción histórica sino de la posición pragmática de sus caciques que pretenden retener el poder regional; se le echa en cara que simule una pretendida cohabitación gubernamental con Petro mientras conspira en cuartos oscuros, cuando podría ejercer oposición abierta mediante sus operadores locales, o sea, sus candidatos a sucederlos en las gobernaciones, en las elecciones de octubre.
Dicho lo anterior, también hay que admitir que Petro, bien porque es el presidente de todos, bien porque sabe que tiene que ceder ante sus contradictores para completar con más o menos tranquilidad institucional su cuatrienio, ha sido muy cortés y permisivo con ellos, en ocasiones; como cuando los ha visitado pese a que lo detestan, y cuando les dio gusto con su viaje intempestivo al Bajo Cauca para declararle la guerra al Clan del Golfo, el mismo día en que se desarrollaba la campaña “patria”. Pero exagerando del otro lado las tensiones, tal vez exacerbado por la altanería, se pasó del límite prudencial que imponen las democracias con un discurso incendiario, el domingo pasado, ante unos 3.000 representantes de juntas de acción comunal. Petro terminó devolviendo la amenaza que padeció, con otra. Dijo: “saber cuándo, como dicen por ahí, ahora, que dizque (van a hacer) el golpe (de Estado) blando, pues les digo que ni se les ocurra porque el pueblo sabe qué hacer si hay un tipo de actividad como esa…”. Añadió que “es el momento del poder popular … que el pueblo trabajador sienta que tiene un Gobierno … comenzar lo que podríamos llamar una alianza entre el Estado y el pueblo… para construir algo que se llama Unidad Popular…”. ¡Cuidado! Unos y otros metidos en juegos peligrosos.