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“¡Bien! Me alegro de que haya muerto…”. Esta frase no es el parlamento de un actor de teatro ni reproduce la reacción de un capo colombiano después de saber que sus sicarios tuvieron éxito. Créanlo o no, es del presidente de Estados Unidos. La publicó en su red social Truth el 21 de marzo pasado, cuando se enteró del fallecimiento de Robert Mueller, el notable fiscal que investigó la interferencia del gobierno ruso en las elecciones norteamericanas de 2016, para incidir en el triunfo de Trump y en la derrota de Hillary Clinton (ver). Mueller concluyó que Rusia sí intervino en esa contienda presidencial. Y, a pesar de que no estableció la participación directa de Trump en el complot, sus conclusiones le costaron el odio de quien manda, de nuevo, en la Casa Blanca y quien, pese a su investidura actual, no tuvo empacho en expresar su felicidad por la extinción del ser humano que, en su caso, ¡era su investigador! Ese deseo obsceno del mandatario estadounidense no es extraordinario. Lo comparten muchos dirigentes de su país y de otros, respecto de los que consideran sus “enemigos”, calificados con esa tacha no porque los enfrenten con armas, sino porque cometen el “delito” capital de tener ideas y parámetros de conducta distintos a las suyos. La diferencia entre el uno y los demás, reside en que el primero expone su impudicia, mientras el resto de los delegatarios del poder político en el mundo, incluyendo los de Colombia, oculta sus apetitos morbosos con el fin de aparentar pureza ante los electores. Sin embargo, sus intenciones, por reservadas que las conserven, terminan delatándolos aunque se disfracen con el blanco de la hipocresía.
Después de ocho meses del brutal asesinato de Miguel Uribe Turbay –que, hasta donde se sabe, ocurrió sin mensajes previos-, aparecieron graves signos de advertencia contra algunos candidatos, tal vez propiciados por la violenta verborragia de las campañas, de sus directivos y seguidores. El 12 de abril pasado, a las 7:45 a. m., Álvaro Uribe republicó una imagen macabra que fue difundida por una cuenta anónima en la plataforma TikTok, con una foto de la candidata del Centro Democrático sobre una corona funeraria, el año de su nacimiento, 1978, y, a continuación, la cifra 2026; en dos cintillas se leía “Paloma Valencia” y “descanse en paz”. Ese mismo día, pero pasadas las 3 de la tarde, el supuesto liberal Mauricio Gómez Amín, agente de César Gaviria y de su hijo Simón en las toldas de la ultraderecha, denunció, en su cuenta de X, una gráfica idéntica a la corona en que se veía a Valencia, pero con la foto y el nombre de Abelardo de la Espriella. Sin motivo válido, y con alto grado de irresponsabilidad, Gómez Amín abrió fuego contra el candidato de la izquierda señalándolo de ser un sospechoso. Aseguró que “llama la atención el silencio retumbante de Iván Cepeda frente a estos sucesos”. No obstante, para cuando Gómez Amín puso su veneno a circular en las vías digitales, repito, a las 3 de la tarde del 12 de abril, Cepeda ya había rechazado, en su propio sitio de X, el ataque a Valencia. Como consta en un artículo del periódico El Colombiano, diario del que no hay manera de presumir que intenta apoyar a Cepeda, el candidato del Pacto manifestó, a las 11:32 a. m. de ese 12 de abril, su repulsa a la intimidación en contra de la aspirante presidencial; o sea, tres horas y media antes de que Gómez, el escudero de De la Espriella, le echara su baldado de agua sucia.
Cepeda dijo: “Condeno cualquier forma de agresión o violencia política contra mis adversarios. Llamo al respeto y a tratar con cuidado toda diferencia” (ver). Un rastreo a la cuenta de TikTok en donde se propagaron las coronas mortuorias, llevó a la comprobación de que la imagen había sido originalmente creada para amedrentar a un funcionario del municipio cundinamarqués de Soacha. El caso fue publicado el 8 de abril, cuatro días antes de su sobreimpresión con las identidades de Valencia y De la Espriella (ver). Pero, por el solo hecho de la copia, a ningún vocero político se le ocurrió minimizar el riesgo que podrían correr los dos aspirantes presidenciales. Por el contrario, los partidos, los congresistas, los excandidatos y el propio Gobierno incluido su ministro de Defensa que ofreció una recompensa de hasta 1.000 millones de pesos por información, repudiaron, como corresponde hacerlo, las amenazas. En abierto contraste con esa unánime respuesta, la vandalización de una sede y el ataque a una pancarta con la foto de Cepeda, la semana pasada en Medellín, no obstante que sobre su cara chorreaba pintura color sangre (ver), no merecieron comentario alguno de los sectores ajenos a la izquierda. Mutismo total aquí y en Estados Unidos, en donde se unieron para contraatacar: cuando Petro afirmó que había supuestos planes para atentar contra Cepeda, muchos de los que, justamente, protestaron contra las amenazas a Valencia y De la Espriella, alzaron su voz para desmentirlo sin valorar los riesgos que también –y mucho más que otros personajes-, han constreñido la existencia del líder del Pacto Histórico, como consta al país. El mensaje es claro: por ser “izquierdista, guerrillero y comunista”, como los descalifican sus odiadores, no importa si Cepeda corre peligro. No es exageración. Uribe Vélez, por ejemplo, aseguró hace poco que: “los responsables directos de un intento de magnicidio contra Paloma Valencia dan la orden de votar por Iván Cepeda”; y que “la paz total de Petro y Cepeda asesinó a Miguel Uribe” (ver). Quien fue jefe de Estado, aúpa la violencia de la que culpa a los demás. Pensándolo bien, el señor Uribe Vélez y su sector ultraderechista bajo el que se cobijan muchos que antes pretendían ser demócratas, se destapan sin pretenderlo. Piensan y sienten como Trump, pero no verbalizan su propósito inconfesable: ¡¿“Se alegrarían de que muera…”?!
