17 Nov 2021 - 5:30 a. m.

Un cínico posando de juez moral

El diablo haciendo hostias. Un personaje de la picaresca colombiana conocido por su doble moral y dudosa reputación se tomó la libertad de invalidar, por el delito de no estar de acuerdo con él, la decisión de algunos de sus pares en la Corte Constitucional, señalándola de estar “cubierta de sombras e incertidumbre”. Quien así se expresa parece describir, paradójicamente, no a otros sino su propia vida. Se llama Alberto Rojas Ríos, el litigante arribista de los años 90 que engañó a una viuda recibiendo a su nombre, pero sin entregárselo, un cheque por $116′834.000 de la época, que el municipio de Funza (Cundinamarca) le reconoció a ella como indemnización por la responsabilidad municipal en un choque de vehículos en que su esposo murió. El abogado Rojas nunca fue sancionado por ese abuso debido a que las mañas suelen prevalecer sobre los derechos en nuestro precario sistema de justicia. Pero, al menos, el escándalo social que se produjo cuando Noticias Uno contó la historia, en 2013, dio como resultado una aparente reparación económica a la señora timada a cambio de no volver a hablar con periodistas porque “tengo prohibición de hacerlo”, según alcanzó a susurrarle, temerosa, a quien la contactó después de las publicaciones.

Rojas Ríos, no obstante su mala fama, desarrolló una carrera política-judicial de rápido ascenso hasta llegar, siempre en medio de polémicas y dudas sobre la transparencia de sus actos, a la cúpula de la Corte guardiana de la Carta Política en donde mantuvo —durante los ya casi ocho años de su periodo— cordialísimas relaciones con sus colegas, fueran estos de la ideología que fueran porque, eso sí, debe admitirse que maneja con destreza las relaciones públicas y la hipocresía social. Hasta la semana pasada, cuando se salió de casillas por la frustración de no haber podido entregarle a Uribe Vélez, en sus manos, un fallo de tutela que ordenara eliminar definitivamente las pruebas que reunió la Corte Suprema en su contra, regresando el proceso a ceros. Ese milagro se conseguiría si la Sala Plena de la Constitucional le daba la razón a Uribe, tal como lo intentó, con sospechoso denuedo, Rojas Ríos de quien sus compañeros de profesión esperaban conceptos jurídicos de “liberalidad democrática”. Pues no. Rojas es pragmático: así como hoy está aquí, mañana está allá. Hoy, su causa es uribista.

No en vano, para la exrevista cuyo nombre ustedes recuerdan más que yo, el iracundo salvamento de voto de Rojas Ríos “resulta contundente” a pesar de que está adornado de frases vacuas como la de que la decisión mayoritaria de la Sala Plena, que ordenó continuar el proceso contra Uribe en donde lo dejó la Corte Suprema, “borra de un plumazo el debido proceso clásico que tanta sangre ha costado desde las ordalías o juicios de Dios o de la Inquisición hasta nuestros días”. Pura cháchara florida para insultar a los cinco magistrados que osaron fallar en derecho. Veremos cómo será recompensado Rojas cuando salga de la Constitucional, dentro de pocas semanas: ¿Duque le ofrecerá una embajada? ¿Lo apoyará el uribismo para otro alto cargo oficial? ¿Su amigo el contralor Felipe Córdoba, pereirano como él, le dará jugosos contratos de “asesoría”? ¿Hará negocios multimillonarios con el Estado y será candidato a cualquier entidad con el aval del expresidente César Gaviria, también pereirano?

Alberto Rojas Ríos volverá a su ambiente: a la politiquería que lo iba a elegir contralor general de la República en 2010 cuando, a última hora, Sandra Morelli le quitó el puesto; a la del Senado que lo escogió con amplitud de votos de partidos tradicionales como miembro de la Constitucional; a la del clientelismo judicial en el Consejo de Estado, una de cuyas secciones anuló su elección, y a la de su Sala Plena que se la devolvió; a la que compartió con su aliado y amigo, el indigno exmagistrado Jorge Pretelt, condenado por pedir coimas a cambio de otros fallos de tutela que Rojas, qué raro, ayudó a seleccionar... Faltan muchos más datos sobre este singular espécimen. ¿Rojas Ríos, el cínico, juez ético de otros magistrados? ¡Atrevido que es!

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