28 Jul 2021 - 5:30 a. m.

Un militar “bandido” ¿es solo “un bandido”?

“Hablar del estatus de militar retirado versus el estatus de bandido con quien es un bandido, son diferencias grandes (sic). El Capi no es un militar retirado, es un bandido. Que haya estado en la Fuerza, sí. Pero eso no quiere decir que sea un bandido porque estuvo en la Fuerza. Es bandido porque es bandido” (5’21”: ver). Según la teoría-trabalenguas que el presidente de la República expresó en una parte de su entrevista con El Espectador el domingo pasado, no es importante que el señalado “cerebro” de los atentados con carro bomba a la Brigada 30 y con disparos de fusil al helicóptero presidencial haya sido preparado por el Ejército colombiano en el uso de armas de combate y tácticas de guerra; ni que lo haya hecho durante 12 años en los que el presunto autor de los ataques de junio fue destacado como “uno de los pilotos mejor entrenados y la estrella de Vulcano, fuerza de tarea de la Brigada 30” (El Tiempo), la misma que él trató de destruir con 30 kilos de explosivos, tan solo cinco años después de ser oficial activo.

El capitán (r) Andrés Fernando Medina, capturado por la Fiscalía, —en un acto que no es heroico, como lo intenta presentar el narciso Barbosa, sino apenas una de sus obligaciones— no era un uniformado cualquiera. En su hoja de vida consta que fue comandante de unidad del Gaula; comandante de unidad de contraguerrilla en una zona conflictiva y oficial de seguridad del Batallón de Movilidad y Maniobra de Aviación número 2, con sede en Cúcuta, en la muy estratégica frontera con Venezuela. Las responsabilidades asignadas a Medina indican que sus superiores confiaban en sus destrezas y en su lealtad. No obstante, los investigadores del CTI aseguran que existen “evidencias demoledoras” contra quien habría vendido a una banda armada sus habilidades, sus contactos humanos y su fácil acceso a la Brigada, probablemente por mucho dinero. Y que, una vez comprado, se habría concertado con el Frente 33 de las disidencias de las antiguas Farc para destruir un sector de la que fuera su casa militar. Peor aún: para matar al primer mandatario de su país cuyo itinerario, incluidos los lugares que visitaría, las horas de ida y regreso y las coordenadas de su ruta aérea, Medina habría conocido en detalle.

Por si fuera poco, este capitán, ya en uso de su retiro, entrenaba, en materias de defensa y tiro, a grupos de escoltas de la Unidad Nacional de Protección, entidad oficial de la que dependen los esquemas de seguridad que el Estado les da a los amenazados de muerte. Noticias Uno reveló que Medina ejecutó esta tarea en los propios campos de la brigada cucuteña. O sea, entraba y salía del sitio que trató de derruir cuando lo deseaba. De nuevo, significa que los mandos militares a cargo seguían teniendo plena confianza en él hasta hace unas semanas. Así que la tesis de que “es bandido porque es bandido”, sin considerar que fue miembro de las Fuerzas Armadas, es insuficiente y, sobre todo, es un grave error de juicio. Pese a estas enormes fisuras que, según los hechos, hay en la seguridad nacional, Duque insistió en su posición superficial cuando El Espectador le preguntó por los militares implicados en el asesinato de otro jefe de Estado, el de Haití: “... todos (los involucrados) sabían en lo que se metieron. Ahora, ellos son 23. En Colombia, en los últimos 10 años se han retirado 80.000 soldados profesionales ¿23 de 80.000 son un patrón? Yo no lo creo. Ahora, ¿ellos hacen eso porque estuvieron en la Fuerza? Noooo. Hacen eso porque fueron contratados para cometer un acto criminal” (5’55”: ver).

La pregunta es por qué tantos uniformados son proclives, pese a su estricta disciplina y supuesto sentido del honor, a convertirse en delincuentes o a vender sus conocimientos a antagonistas de su patria. Habrá que recordarle respetuosamente al presidente que los mercenarios, militares retirados y muchos activos que renuncian a las Fuerzas Armadas para integrar tropas o grupos armados en el exterior, son miles. Y sería bueno que reparara en que es muy común encontrar, en las noticias y en los estrados, a militares y policías involucrados con carteles de contratación, bandas de macro y microtráfico, abusos de autoridad, asaltos, robos y hasta comercio sexual. ¿Y qué decir de los innumerables “falsos positivos”, crímenes de guerra que nos avergüenzan frente al mundo? Un examen serio a la formación que reciben los agentes armados del Estado, desprovisto de extremismos ideológicos, está en mora de iniciarse. Entre más tarde, mayor riesgo se corre, empezando por los peligros en la frontera con Venezuela. Parodiando a Duque: un militar retirado que sea bandido no solo es un bandido. Sigue siendo un militar que delinque después de ser entrenado por el Estado de Colombia.

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