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Daniel Samper Pizano se retira de las labores cotidianas del oficio que practicó durante cincuenta cortos años, como tenía que hacerlo para cerrar su brillante carrera de reportero-columnista: con gran dignidad.
Una estupenda entrevista, ya no como interrogador sino como interrogado, en esta memorable ocasión por María Jimena Duzán en la revista Semana, define su paso por el oficio. Sus respuestas, una tras otra, descifran su autonomía de temperamento, independencia de criterio e inteligencia de juicio. Y no porque esas cualidades no se conocieran antes sino porque no todas podían lucir al tiempo. El tino en la crítica que acierta y punza sin que brote sangre de la herida del otro, tan distante de la disputa amenazante de corte mafioso que se estila hoy, aún entre los personajes del alto mundo, es una característica más de las que dejan notar sus frases referidas a temas que, probablemente, nunca hubiera ventilado en público o en privado de no ser porque la oportunidad lo merecía.
“No fui director de El Tiempo porque no tenía las condiciones o porque mis ideas, tal vez, no son las más cómodas para el periódico”, es la primera de sus verdades, una revelación a pesar de la modestia con que la expresó. Quienes hemos transitado por el periodismo tratando de seguir sus pautas éticas sabemos que pocas, casi ninguna, de las estrellas de ese diario tenía los méritos de Samper Pizano para trazar el norte de su medio o de cualquier otro. De hecho, adivina uno que fue el consejero tras bambalinas que consultaban los ocupantes de una silla que lo esperó muchos años y de la que se privaron los lectores por la razón que él expresó entre algodones, es decir, por su libertad de pensamiento sin cálculo político y económico. Y, también, añado yo, por el egoísmo de una familia que lo apreció, pero no en la dimensión profesional que lo alzó por encima de las fronteras nacionales.
La clave de la importancia de su ausencia de El Tiempo, la casa a la que, en contraste, fue fiel hasta el sacrificio personal, la entrega Daniel cuando habla del posible sucesor de su columna, ubicada en el lugar más relevante de la edición dominical: “si algo me ha sorprendido es la carrera de galgos que se ha desatado para apoderarse de ese espacio”, contestó, y complementó: “ya le están haciendo la alineación a Roberto Pombo (director) (…) (a él) no me atrevo a decirle un nombre (pero) le recomendaría que no se altere el equilibrio entre la derecha y la izquierda”. Samper Pizano fue incómodo muchas veces para el diario al que perteneció, además de periodista como accionista significativo pero minoritario, por sus opiniones. Lo fue todavía más desde cuando la empresa cambió de dueños periodistas a propietarios de consorcios extranjeros o nacionales que sólo ven balances en donde antes había pasión por la tarea. Eso, si bien no lo admite abiertamente Samper Pizano, lo sabemos los testigos cercanos de la evolución de la prensa colombiana. Por supuesto, después de la ideología igualitaria, una constante de la columna de Daniel, vendrán intereses múltiples no tan nobles. En todo caso, quien lo sustituya tendrá el foco en su cabeza por llegar al lugar de un irreemplazable, así deseen borrarlo rápido del mapa.
Otras reflexiones se podrían hacer sobre la despedida del que también con mesura, aunque lanzando la pulla, comentó el devenir político de la época que ha vivido sin eludir ni el rastro de dolor por los sucesos ocurridos durante la presidencia de su hermano Ernesto, ni la distancia que puso ante lo que denominó “la oligarquía (de la que somos parte) que maneja el país”. Algunos que odian a Daniel por lo que ha representado su pluma y por lo que ella contó están echando voladores por su despedida. Otros muchos, y me incluyo, lamentamos hondamente quedarnos cada vez más solos en la defensa de los valores de la democracia. Que sea hasta pronto y no hasta siempre, Daniel.
