“El mundo ha entrado en una época de políticas demoledoras”. Con esta frase empieza el informe de Múnich 2026, publicado instantes antes de que se inicie la cumbre de febrero de este año. La portada es un elefante y justo en la presentación del documento hecha por Wolfgang Ischinger, presidente de la Conferencia de Seguridad de Múnich, sostiene que hay un elefante en la habitación. De hecho, el título del informe es “Bajo destrucción”. En esta oportunidad, y seguramente en muchas otras, vuelve a sugerirse con mayor énfasis el fin del orden liberal: un orden que nació defectuoso y errático, pero que sirvió de bala de oxígeno para señalar un intento de orden estable, una seguridad internacional relativamente domesticada y una suerte de principios que encantaron a todos los defensores de los valores occidentales.
El informe muestra algo interesante. Desde 2022 se ha estudiado y analizado la percepción global del riesgo a partir de preguntas fundamentales sobre si las personas consideran que el mundo se ha vuelto más peligroso, si existe consenso internacional sobre los principales riesgos que enfrenta la humanidad y qué tan preparadas se sienten las sociedades para afrontarlos. Para eso, el índice de seguridad del informe combina cinco métricas que permiten evaluar cómo ciudadanos de 11 países, los miembros del G7 y los países BICS (BRICS sin Rusia), perciben, a lo largo del tiempo, la gravedad de 32 riesgos globales relevantes.
Uno de los hallazgos más destacados es que, en el contexto de los cambios recientes en la política exterior estadounidense, los encuestados de casi todos los países analizados, con excepción de Japón y China, consideran actualmente a Estados Unidos como un riesgo más significativo que el año anterior. Rusia, por su parte, ha disminuido en el imaginario de las personas encuestadas como una de las preocupaciones existenciales en 2025, a pesar de conservarse en la lista de actores que amenazan la seguridad internacional. Sin embargo, dentro de esos miedos colectivos que se ubican en la parte superior de las amenazas se encuentran cuestiones sin rostro: fenómenos que no se atribuyen a actores determinados, sino a circunstancias que deterioran la vida biológica y política en la Tierra, como el cambio climático, incendios forestales e inundaciones, son los grandes temas que se sostienen en la cabeza de los indicadores de mayor preocupación en los últimos cuatro años. Luego se van combinando temas como la destrucción de ecosistemas, la crisis económicas, el aumento de la desigualdad, las enfermedades globales, las futuras pandemias, los ciberataques, la polarización política y fractura de los órdenes democráticos, junto con Estados Unidos, China, Rusia e Irán, que conformaron la treintena de asuntos amenazantes del orden de la seguridad internacional en 2025.
La Conferencia de Seguridad de Múnich de 2026 estará dominada por la incertidumbre de los participantes, por sus propias percepciones e ideas sobre la seguridad y las amenazas, cuestiones gravitacionales que permitirán notar las evidentes costuras del orden de seguridad internacional. Quien se mostraba hasta hace algunos años como el vector de orden y la seguridad hoy es un spoiler de la seguridad y del orden. Seguramente el encuentro será una puesta dramatúrgica bajo roles protagónicos y antagónicos, y será una atrofia que sugiere la coexistencia de dos momentos clave: la superposición de una recesión democrática y otra, la recesión de la seguridad. En efecto, todo parece indicar que el siglo XXI es la era de las demoliciones; que los actores más poderosos han empezado a sentir una suerte de lujuria por la destrucción, como le llaman los alemanes Zerstörungslust. Parece que a quien creíamos que era el arquitecto del orden basado en reglas le ha dado por acelerar el desmonte de la estantería que ya venía cayendo al piso. La conferencia podrá mostrar lo que se ha venido advirtiendo, la configuración de un mundo más minilateral y el fin de la idea multilateral.
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