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Cuatro años y una guerra tibia

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César Niño
28 de febrero de 2026 - 10:18 p. m.
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El cuarto aniversario de la invasión rusa a Ucrania obliga a pensar no solo en la guerra, sino en las ilusiones, a veces peligrosas, de las paces prematuras. Las guerras siempre estarán bien hechas, las paces casi nunca, porque la fragilidad de la paz puede llevar a futuras guerras, nunca al contrario. Cuando comenzó la eufemísticamente llamada “operación militar especial” ordenada por Vladimir Putin, el mundo apenas intentaba salir de una tragedia sanitaria global. La invasión se convirtió en un episodio más de la fatiga internacional. Sin embargo, la guerra nunca volvió porque no se fue. Simplemente cambió de forma, de intensidad y de narrativa.

Al inicio, el Kremlin quiso presentarla como una guerra relámpago. Ucrania caería en 72 horas, dijo Putin. Han pasado más de 35.000. Lo que pretendía ser una demostración de fuerza terminó exhibiendo algo distinto, hay una debilidad evidente de un fuerte. Rusia parecía sólida, determinante, vertical. Pero a los fuertes se les notan más las debilidades que a los débiles. La prolongación del conflicto ha desnudado limitaciones militares, económicas y políticas que contrastan con la imagen inicial de potencia dominante. De hecho, la ralentización de la guerra se ha debido, en buena parte, a que las partes se están quedando sin municiones.

Cuatro años después, la guerra ha entrado en una fase profundamente estratégica. Ya no puede entenderse únicamente en términos militares. Es una guerra política, geoeconómica, tecnológica y social. Algunos la describen como híbrida. En realidad, es una guerra tibia y global. Tibia porque, aunque no ha escalado a una confrontación directa entre grandes potencias, tampoco ha sido contenida y su temperatura mantiene un clima peligroso del orden internacional actual. Global porque sus efectos atraviesan mercados energéticos, cadenas de suministro, presupuestos de defensa, sistemas de alianzas y narrativas ideológicas.

En efecto, la guerra ha dejado al descubierto las costuras deshilachadas del orden internacional. Ha mostrado la facilidad con que los regímenes autocráticos sincronizan sus apuestas estratégicas y hacen gimnasia rítmica para que sus intereses coincidan con la barbarie. Pero también ha evidenciado las dificultades de las democracias para armonizar el interés nacional con las exigencias de libertad, legalidad y justicia. La respuesta occidental ha sido significativa, aunque no siempre coherente ni sostenida al mismo ritmo.

En este escenario, la resistencia ucraniana ha sido, ante todo, un ejercicio de supervivencia estratégica. Las operaciones militares y de inteligencia han permitido mantener la existencia del Estado, incluso en medio de reveses tácticos. La base industrial de defensa ucraniana, que comenzó como un esfuerzo improvisado, ha evolucionado hacia un ecosistema con potencial estratégico, especialmente en drones, guerra cibernética y software militar. No es un detalle menor: ese desarrollo podría convertirse en un pilar de la seguridad europea de posguerra si logra integrarse de manera estructural en las cadenas de suministro de la Unión Europea y la OTAN.

Europa, por su parte, enfrenta un aprendizaje acelerado. La guerra ha demostrado que la “zona gris” no es una anomalía, sino una condición permanente con la que deben coexistir. Prepararse para provocaciones, sabotajes, presión energética o desinformación ya no es opcional, es un mandato. Incluso si la intensidad militar rusa disminuyera, ningún acuerdo impedirá que Rusia continúe siendo una amenaza para Europa. Los acuerdos, de hecho, suelen seducir a los autócratas, porque les fascina violarlos cuando las condiciones les resultan favorables. Sin embargo, también sería un error sobreestimar la capacidad ofensiva ilimitada de Moscú. Rusia enfrenta restricciones económicas, desgaste militar y tensiones estructurales que limitan su margen de maniobra. La guerra ha sido costosa. El aguante estratégico (ese concepto que combina resistencia económica, cohesión política y capacidad militar sostenida) se ha convertido en la variable decisiva para ambas partes. No se trata solo de quién avanza kilómetros en el terreno del otro o en el propio, sino de quién soporta más tiempo la presión acumulada.

Desde el ángulo social, la guerra ha producido otro fenómeno crucial. La resiliencia cívica. La resistencia ucraniana no depende exclusivamente del Estado ni de la ayuda externa. Redes de voluntarios, organizaciones comunitarias, brigadas de producción de insumos militares y apoyo a desplazados han tejido una infraestructura social que sostiene la continuidad del esfuerzo bélico. Aunque la ayuda internacional ha fluctuado desde 2022, la capacidad de autoorganización ha compensado parcialmente esas brechas. La disposición mayoritaria de la población a sostener la guerra el tiempo que sea necesario revela que la supervivencia nacional es percibida como una responsabilidad colectiva. De tal suerte, la guerra solo terminará cuando Rusia deje de luchar. Porque si quien deja de resistir es Ucrania, Ucrania desaparecerá. No se trata de una consigna emocional, sino de una constatación estratégica. Para Kyiv, la derrota no es una pérdida territorial parcial; es una amenaza existencial, una sustracción de materia definitiva.

Por eso esta es una guerra global, aunque no sea total. Global en sus efectos, en sus implicaciones normativas y en su capacidad de reconfigurar el equilibrio internacional. La noción de paz, en este contexto, no puede reducirse a la firma de un documento. Sin garantías estructurales y sin un rediseño creíble de la arquitectura de seguridad europea, cualquier alto al fuego sería apenas una pausa y una bocanada de oxígeno, no más. Cuatro años después, la guerra tibia continúa. No arde con la intensidad de una conflagración mundial como las que vimos hace más de 80 años, pero tampoco se enfría para reducirse a un mero conflicto congelado. Se mantiene en una temperatura estratégica constante, alimentada por el cálculo, el desgaste y la voluntad de resistencia. Y en esa temperatura intermedia, o tibia, se juega el futuro del orden europeo y, en buena medida, el funcionamiento del sistema internacional.

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César Niño

Por César Niño

Profesor de Relaciones Internacionales.@cesarnino4
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ENRIQUE IANNINI(17413)Hace 1 hora
SR. Niño,no es la Rusia quien ha incumplido loa acuerdos ,ni quien no busca la paz,son los que ud llama democratas de la europa quienes siguen manteniendo y alargando el conflicto sosteniendo con la destruccion economica del pueblo europeo a un corrupto gobierno ukraniano con el sacrificio de su pueblo y el daño a las economias europeas,si europa ,la otan y USA no hubieran incumplido los acuerdos firmados con Rusia durante 8 años,ninguna guerra hubiera comenzado,antes de escribir investigue.
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