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La democracia parece ser ese lugar donde todas las inflamaciones y distorsiones habitan y coexisten con las emociones, unas más tristes que otras, incluso con esperanzas pesimistas. Parece encarnar esa idea hipertrofiada según la cual todo siempre puede estar mejor. Se ha convertido en un lugar común, rebajada a un mero mantra frente al cual nadie tiene reparos. La democracia es ya un lugar vacío donde quien aspira a gobernar gobernará en el vacío, como sostiene Peter Mair.
Durante décadas se ha señalado, con bastante acierto, que la democracia está en crisis. Académicos y analistas políticos no solo lo han afirmado, sino que han elaborado marcos interpretativos que se volvieron referencia obligatoria para estudiar la política y los sistemas políticos contemporáneos. Algunos descansan en la trampa de los indicadores y en la pretensión de medir la calidad democrática como si fuese una variable estabilizada. Todos, sin excepción, plantean críticas, unas mejor argumentadas que otras, sobre las formas en que la democracia se ha venido debilitando y, al mismo tiempo, abonan el terreno para una nostalgia por una democracia que nunca fue.
Los descontentos ciudadanos, para quienes aún lo son (porque, aunque no lo creamos, en algunos lugares del mundo no hay ciudadanos), se manifiestan como enjambre. A la gente cada vez le gusta menos la democracia: tal vez porque no la entiende o no le importa; quizás porque, en el fondo de cada individuo, habita un pequeño autócrata. La autocracia no se revisa y nadie ha propuesto estudios sobre la crisis del autoritarismo. Podría decirse, incluso, que en el mundo actual existe un deseo por democratizar el autoritarismo, y esa paradoja constituye la principal crisis de la democracia.
La desconexión entre la realidad política y social y la realidad partidista o de los proyectos políticos permite las perversiones de los líderes en el poder. Cuando David Brooks sugirió en su columna del New York Times que hemos entrado en la era de la antipolítica, describió una energía pública pura, sin contenciones institucionales ni ideológicas, capaz de desbordar los diques partidistas. Y, en efecto, es antipolítica porque la política ya no desaparece, sino que es realizada por otros actores y mediante formas especulares distintas. Es la era de los fracasos: fracasó el orden liberal, fracasó el modelo de Estado y fracasó la democracia liberal. Nadie sostiene que, cuando se transita de un régimen autoritario a uno democrático, el sistema dictatorial ha fracasado; sin embargo, cuando desde la democracia se avanza hacia el autoritarismo, se afirma inmediatamente que la democracia es débil y ha fracasado.
La antipolítica se convierte así en un vehículo del descontento: un espíritu real, aunque desorganizado, de nuestro tiempo, cuyo destino permanece incierto. Tal vez ya no se crea en lo que antes se creía o, más bien, hemos estado acostumbrados a creer que creemos en algo: en la ficción de la democracia como democracia y no como consenso.
La democracia resulta insuficiente para mejorar las condiciones sociales, pero las alternativas a ella ni siquiera contemplan la posibilidad de mejora. Por eso, aun con sus frustraciones, sigue siendo preferible la incomodidad que produce la democracia al regocijo que promete la autocracia. Y esa preferencia, todavía, suena democrática.
