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El siglo XXI ha sido un escenario tensionante y de grandes transformaciones. No solo por el ascenso de las nuevas tecnologías, sino también por el regreso de viejas formas de hacer la guerra, sumadas a nuevas lógicas criminales. La globalización y la instantaneidad de la información han permitido ciertos ajustes sistémicos que llaman profundamente la atención. El siglo XXI luce como una especie de tazón sin fondo donde cabe todo: un recipiente en el que convergen las formas clásicas de hacer las cosas y todas aquellas aún por inventarse, junto con nuevos y sofisticados autoritarismos democráticos. Sin embargo, hay dos ingredientes de ese tazón que se destacan de manera sobresaliente por su capacidad de desencajarse y alejarse de las formas tradicionales.
Esos dos elementos son la guerra y el crimen. Y es que la distinción entre ambos está muriendo. Puede que no hayan sido las políticas públicas, ni los Estados, ni las organizaciones internacionales quienes propiciaran su extinción dentro de los cánones de los grandes análisis; pero sí, al menos, los embates de estos tiempos han terminado por convertirlos en un licuado espeso y cada vez más homogéneo.
La guerra y el crimen han llegado a su fin tal como los conocíamos. Los bordes analíticos y conceptuales han alcanzado un estado de absoluta saturación y derrame. Los actores de hoy operan simultáneamente como ejércitos y, al mismo tiempo, como redes criminales; actúan como actores políticos, pero también ejercen autoridades locales; son sostén de economías subterráneas, cuentan con dispositivos de gobernanza y poseen la sofisticación tecnológica suficiente para tercerizar la violencia. Esto significa que las categorías que se nos hacían comunes para definir y darles nombre a las cosas ya no alcanzan ni bastan para comprender las violencias contemporáneas. En ese licuado, lo único evidente es que la guerra se criminalizó y el crimen se militarizó. Entonces, la guerra y el crimen, tal como los conocíamos, han muerto; pero ahora habitan en cuerpos extraños, con formas flexibles y con una enorme aceleración tecnológica.
Lo preocupante, aunque también profundamente interesante, es preguntarse qué ocurre cuando un grupo criminal tiene capacidad militar, controla territorios, posee una enorme capacidad para reclutar sensibilidades a través de las redes sociales, ostenta legitimidades locales, alcanza relacionamiento internacional, desarrolla una suerte de diplomacia catalítica, controla mercados ilícitos y hasta sostiene narrativas políticas. A partir de ahí, al menos conceptualmente, todo deja de funcionar.
Desde los carteles mexicanos y Boko Haram, pasando por Hezbolá, el grupo Wagner, el ELN o las disidencias de las FARC, todos han dejado de operar bajo los marcos tradicionales de análisis que diferenciaban el crimen de la guerra. No nos hemos dado cuenta, pero en ciernes está emergiendo un orden criminal internacional: mucho más articulado, menos lento y más sofisticado que el otro. Estamos presenciando una suerte de gobernanza criminal global, esta como la solidificación de estructuras híbridas de poder que ya no solo trafican o ejercen violencia, también administran territorios, regulan economías, producen legitimidades y disputan funciones históricamente reservadas al Estado.
Se trata de actores flexibles, transnacionales y tecnológicamente sofisticados que han terminado por desdibujar las fronteras entre guerra y crimen, pero coexiste y opera con el otro orden y la otra nostálgica gobernanza. Pronto veremos cada vez más públicas, cumbres de líderes criminales, despliegues de infraestructura diseñado por ellos, y hasta mecanismos alternativos de solución de controversias, claro está, entre criminales.
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