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Geopolitización y zonas de influencia

César Niño

16 de enero de 2026 - 11:06 a. m.

Es el momento en el que todos lanzamos hipótesis: unas ideas fundamentadas, otras un poco vagas. Al fin y al cabo, el orden internacional actual nos permite elucubrar cosas a partir de las incertidumbres geopolíticas actuales. El temor que habita hoy entre los ciudadanos, desde Caracas, Teherán, Nuuk, Bruselas, Nairobi, Bogotá hasta Washington, como el de los tomadores de decisiones y académicos, está fundado en la geopolitización del miedo: un miedo que define el lugar en el mundo de cada individuo y, al mismo tiempo, el de los Estados.

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Resurgen la idea cliché de las esferas de influencia y las angustias por la imprevisibilidad de las potencias. Más que un tablero definido por las esferas de dominación, lo que puede que estemos presenciando es, más bien, un mundo tirado por una voluntad transaccional. No parece ser tan cierto, como algunos han advertido, que estemos ni ante el fin del derecho internacional ni ante el reinicio de un sistema tripolar dominado por Estados Unidos, por un lado; China, por otro; y uno último, por Rusia.

Lo primero, porque el orden internacional siempre se ha caracterizado porque hay uno o varios actores con la fuerza suficiente de estar por encima, a pesar de que las reglas de juego existan. Es más, las reglas de juego existen porque hay grandes poderes que las han escrito. Siempre es bueno recordar la máxima tucidediana: mientras los grandes hacen lo que quieren, los pequeños hacen lo que les corresponde. Lo anterior no significa que lo que hagan las potencias en detrimento de los pequeños no sea condenable; de hecho, es condenable gracias al derecho internacional. Tenemos que recordar que el derecho y, en sí, las reglas de juego tienen un destino complejo, al notar que sus normas fallan tan frecuentemente que hay motivos de sobra para siempre cuestionarse por su alcance y eficacia. Hay reglas, como el derecho internacional, no para llevarnos mejor, sino para intentar contener a los más fuertes; sin embargo, a pesar de que existan violadores de las reglas, las reglas son un buen refugio ético, al menos una buena brújula moral, por más.

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Lo segundo, no es un mundo tripolar, a pesar de la seducción que hacen los acontecimientos globales por hacernos creer eso. Washington está cada vez más próximo al Medio Oriente; su involucramiento en la cuestión iraní lo hace más evidente, pero también lo es su incisiva postura de influir en la política europea. Tras la captura de Maduro, la idea de las esferas de influencia se creció como espuma, pues América Latina parece ser el área de control por naturaleza, y se ha intentado inferir que, tras la extracción de Maduro, China puede hacer lo suyo en Taiwán y Rusia en Ucrania. No es tan cierto.

La administración Trump hizo una venta de armas a Taiwán valorada en aproximadamente USD 11,1 mil millones, que constituye el mayor paquete de armas en la historia de las ventas a Taiwán. Específicamente, la venta consistió en darle a Taiwán un conjunto amplio y diversificado de sistemas militares, entre los que se incluyen 82 sistemas de cohetes de artillería de alta movilidad, 420 misiles tácticos de artillería (ATACMS) y 60 piezas de artillería autopropulsada (howitzers). A estos componentes se suman plataformas no tripuladas, equipos complementarios, así como misiles antitanque Javelin y TOW, además de software militar especializado y repuestos logísticos necesarios para la operación, mantenimiento e integración de estos sistemas en las capacidades defensivas existentes. Eso no sugiere del todo, entonces, que Estados Unidos se esté retrayendo de Taiwán para dejarle el área despejada a Beijing.

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Algo similar ocurre en el Indo Pacífico, pues la captura de áreas y transacciones de defensa con algunos Estados de allí indican un desplazamiento de la presencia china. El otro, Rusia, no es tan fuerte como el Kremlin ha insistido en que lo es: su vecindario le incomoda, sus estrategias se empantanan, sus avances tácticos son repelidos por la estrategia ucraniana y ha entrado en una etapa de profundo desgaste en una guerra asimétrica que le ha ocupado por completo las manos a Moscú. Rusia no parece tener zona de influencia, a pesar de querer tenerla.

Para que existan zonas de influencia, así parezca obvio, debe haber un actor lo suficientemente capaz de moldear, con y sin las reglas, la forma de una zona estratégica que le convenga para sus proyectos de jugador global y, al mismo tiempo, actores influenciados que no se resistan y que, de hacerlo, sean fácilmente neutralizados por el influenciador. No ocurre en Taiwán con China, no ocurre en Ucrania con Rusia y empieza a ocurrir en América Latina con Estados Unidos. Habrá que ver cómo se ordenen las tareas geopolíticas de mayor urgencia; habrá que ver cómo recalculan Beijing y Moscú, porque es cierto que tanto Xi Jinping como Vladimir Putin durarán más en el poder que Trump, al menos su noción de tiempo es distinta, pero también habrá que ver cómo Bruselas se adapta. Lo que sí es claro es que el miedo se ha vuelto un asunto geopolítico. El miedo a la destrucción de las reglas, el miedo a los antojos de las potencias y el miedo a la incertidumbre geopolítica.

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Por César Niño

Profesor de Relaciones Internacionales.@cesarnino4
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