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Uno de los grandes pegamentos que mantiene unida a la humanidad, al menos en Occidente, es la idea liberal de la democracia y, por defecto, la democracia liberal. Ese pegamento puede ser concebido como una suerte de ficción; una ficción de tal envergadura que ha prometido compartir ciertas bases y parangones que permiten una visión común de la democracia como creencia trascendental.
Es curioso, porque las ficciones son construcciones que suelen dar sentido a las condiciones que nos dotan de perspectivas de continuidad. Y eso tiene mucho que ver con que somos el único animal que sabe que morirá y, probablemente por ello, el único que ha construido ficciones colectivas permanentes alrededor de ese destino. Las religiones son una de ellas, pero también lo son los Estados, las naciones, el dinero, los sistemas económicos y, por supuesto, la democracia. Son dispositivos que creemos, que reproducimos y que, al hacerlo, nos permiten definirnos.
Las ficciones y nuestra fe en ellas nos permiten estabilizar y domesticar, de cierta forma, las pasiones que más nos inquietan. Así, durante siglos hemos podido sobrevivir y pervivir como una especie capaz de surfear distintas formas de coexistencia. Hemos construido ficciones sobre los dioses, sobre el dinero, sobre la propiedad, sobre la nación y sobre la política. Algunas han desaparecido; otras se han transformado; otras han conseguido sobrevivir cambiando de nombre, de forma o de contenido.
Esto quiere decir que toda política es ficción, pero no toda ficción es política. Es más, casi nada vendría siendo político. Solo lo político. Y rara vez se entiende esto.
La ficción política tiene una particularidad y es que necesita ser compartida. Una ficción individual puede ser una creencia, mientras que una ficción colectiva puede convertirse en una institución. Cuando millones de personas actúan como si algo existiera, ese “como si” adquiere consecuencias materiales. El dinero vale porque creemos en él, el Estado existe porque aceptamos su autoridad (al menos nos da esa sensación), las fronteras son líneas imaginadas que, sin embargo, pueden provocar guerras, y la democracia funciona porque existe un consenso suficientemente amplio acerca de sus reglas, sus procedimientos y, sobre todo, acerca de la legitimidad de perder una elección y aceptar que otro gobierne.
El problema aparece cuando dejamos de creer en la misma ficción.
Tras la Segunda Guerra Mundial, la televisión propició un equilibrio más estable. Una persona en pantalla podía ahora llegar a millones con un puñado de ideas sencillas: empleo, salarios, impuestos, seguridad, bienestar. Los partidos políticos se organizaban alrededor de esas ideas, las convertían en programas electorales y las vendían en las elecciones. Este era, en buena medida, el sistema de la democracia liberal de posguerra: el ciudadano como consumidor de decisiones políticas nacionales.
La televisión no solo transmitía información. Fabricaba una experiencia común. Millones de personas podían ver las mismas imágenes, escuchar las mismas noticias y reconocer a los mismos líderes. Había diferencias ideológicas, desde luego, pero existía un escenario compartido sobre el cual esas diferencias podían disputarse. La democracia liberal funcionaba, en parte, porque la sociedad todavía podía imaginarse a sí misma como una conversación nacional.
Eso cambió. Hemos sabido organizar muy bien, en términos cronológicos, nuestras maneras de vivir, de relacionarnos e incluso de entender que las tecnologías han dado forma a nuestras propias ficciones. Los periódicos transformaron la esfera pública, la radio y el cine ampliaron hasta extremos peligrosos la capacidad de fabricar emociones colectivas, llevaron a un grado de hipertrofia las ideas nacionalistas; la televisión produjo una forma de estabilidad política basada en audiencias masivas. Las redes sociales hicieron algo diferente, fragmentaron aquella audiencia e hicieron que se creyera en ficciones virtuales y en metauniversos. Así, el lugar común de la televisión se convirtió en el mercado de gritos de las redes sociales. El ciudadano dejó de recibir un relato político relativamente común y comenzó a habitar una sucesión personalizada de relatos, agravios, identidades, conspiraciones, indignaciones y certezas, una suerte de recesión emocional peligrosa. La política dejó de ser solamente una disputa por el poder y empezó a convertirse, cada vez más, en una disputa por la producción de realidad y en la performatividad.
Aquí está una de las paradojas de nuestro tiempo: la democracia nunca había tenido tantos mecanismos para que los ciudadanos hablaran y, al mismo tiempo, quizá nunca había sido tan difícil que los ciudadanos estuvieran hablando de lo mismo.
La democracia es una ficción, pero necesita una ficción compartida. No basta con que existan elecciones, partidos, congresos, jueces o constituciones. Todo eso requiere una creencia previa: que el adversario político sigue perteneciendo al mismo universo de reglas que nosotros; que una derrota electoral no equivale a la desaparición del otro; que la institución que certifica el resultado merece algún grado de confianza; que existen hechos que pueden ser comprobados; que la realidad no depende completamente de quién la cuenta. Cuando esa ficción se rompe, la democracia puede conservar sus edificios y perder su arquitectura. Quizás por eso la crisis contemporánea de la democracia liberal no sea únicamente una crisis institucional. Tampoco puede explicarse exclusivamente por el populismo, la polarización, la desinformación o el agotamiento de los partidos. Es una crisis de imaginación política. Hemos comenzado a perder la capacidad de imaginar que pertenecemos a una comunidad política común.
Durante siglos hemos cambiado de dioses, de sistemas económicos, de formas de autoridad y de maneras de organizarnos. Tal vez ahora estamos atravesando otra mutación de nuestras ficciones colectivas. Y toda mutación de una ficción política tiene un riesgo: cuando una ficción deja de ser creída antes de que aparezca otra capaz de reemplazarla, queda un vacío. Los vacíos políticos rara vez permanecen vacíos. Las ficciones son lo más parecido a nuestra realidad, la recrean y reproducen. Por eso siempre será difícil saber si de la ficción aparece la realidad o si, en efecto, la democracia es una realidad ficcionada.
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