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La geopolítica y la armamentización de las emociones

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César Niño
05 de junio de 2026 - 08:40 p. m.
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¿Dónde están las emociones? ¿Dónde quedan? ¿En qué lugar habitan? ¿Son exclusivamente individuales o pueden colectivizarse? ¿Son contagiosas? Vivimos en una época en la que estas preguntas han dejado de pertenecer únicamente a la psicología o a la filosofía para convertirse en asuntos de profunda relevancia en el análisis político. Las emociones parecen transmitirse y propagarse con una velocidad comparable a la de un brote epidémico, atravesando fronteras, culturas y sistemas políticos.

Existen, al menos, dos formas de entenderlas. La primera corresponde a aquellas emociones que sentimos como profundamente propias, íntimas e irreductibles. Son las que nos hacen pensar que nuestra identidad es única e irrepetible. El amor, el miedo, la tristeza o la esperanza parecen pertenecer a un espacio personal donde toda intervención externa encuentra límites. Con frecuencia resulta difícil explicarlas racionalmente; se puede amar u odiar incluso cuando la razón sugiere lo contrario.

La segunda dimensión es más inquietante. Se refiere a la capacidad que tienen actores externos para inducir, modelar y amplificar emociones colectivas. ¿Qué ocurre cuando líderes políticos, gobiernos o movimientos ideológicos construyen sistemas de resentimiento, indignación o miedo destinados a ser compartidos por millones de personas, independientemente de su origen geográfico? Esta cuestión merece una atención urgente porque la política contemporánea recurre cada vez más al lenguaje de las emociones y menos al de los argumentos.

El problema no radica en que las emociones participen de la vida pública (algo inevitable), está en que terminen sustituyendo a la razón como criterio de interpretación de los acontecimientos. Entonces, el análisis político se problematiza porque se vuelve más fácil estudiar la política de las emociones que las emociones producidas por la política. En ese tránsito, los hechos pierden relevancia frente a las percepciones, y las pasiones se convierten en las verdaderas administradoras de la esfera pública, de las relaciones exteriores e incluso de la conducción de la guerra.

La razón debería actuar como un dique de contención y procesamiento de las emociones colectivas. Sin ese equilibrio, corremos el riesgo de normalizar dobles o varios estándares morales, como condenar unas muertes mientras se ignoran otras, lamentar el sufrimiento de ciertos pueblos y relativizar el de otros, o justificar invasiones y agresiones militares a partir de afinidades emocionales antes que de principios universales. Los líderes políticos han comenzado a comprender que las emociones producen mayores réditos que el gobierno a partir de la razón y el argumento. Han descubierto que movilizar afectos resulta más eficaz que persuadir mediante evidencia. El miedo moviliza más que los datos; la indignación circula más rápido que los argumentos; el resentimiento cohesiona más que los programas de gobierno. De esta manera, las emociones dejan de ser únicamente experiencias humanas para convertirse en recursos estratégicos de poder, en vectores e instrumentos para la justificación de decisiones. Eso es la armamentización de las emociones. Así como los Estados han convertido los alimentos, la energía, las migraciones o la información en instrumentos geopolíticos, también han comenzado a transformar los sentimientos colectivos en armas de influencia. El odio, el miedo y la indignación son recursos susceptibles de ser producidos, amplificados y dirigidos hacia objetivos políticos específicos. Han perdido la genuinidad y producción orgánica como simples reacciones humanas, son cuestiones artificiales que intentan reproducir paisajes emocionales naturales.

Los populismos contemporáneos han entendido esta lógica con especial eficacia. Han hecho de las emociones un vector de movilización permanente y, en muchos casos, de violencia simbólica. La geopolítica del siglo XXI no solo disputa espacios físicos; disputa emociones. Y quien logre administrarlas, moldearlas y proyectarlas tendrá una ventaja decisiva en la configuración del orden político contemporáneo. La armamentización de las emociones se ha convertido en uno de los recursos más sofisticados del poder contemporáneo. Hoy las guerras ya no se libran únicamente con misiles, drones o sanciones económicas; también se combaten mediante la administración estratégica de la indignación, el miedo y la empatía.

Mientras millones de personas se movilizan legítimamente por las víctimas de la guerra en Medio Oriente, otras tragedias humanas reciben una atención considerablemente menor, como en Ucrania. Los brotes de ébola en África, capaces de generar temor global y devastar comunidades enteras, rara vez ocupan un lugar equivalente en la conversación pública internacional. Del mismo modo, las denuncias sobre ejecuciones, torturas, detenciones arbitrarias y violaciones sistemáticas de derechos humanos en Irán suelen quedar relegadas a un segundo plano frente a acontecimientos geopolíticos más mediáticos.

El problema no es que algunas causas despierten solidaridad; el problema es que ciertas emociones son amplificadas mientras otras son invisibilizadas. La geopolítica contemporánea no solo organiza territorios, recursos y alianzas. También distribuye atención, define qué sufrimientos merecen conmovernos y cuáles pueden pasar inadvertidos. En ese escenario, las emociones dejan de ser únicamente experiencias humanas para convertirse en instrumentos operacionalizables para sostener regímenes o fabricar realidades paralelas.

El desafío político más importante de nuestro tiempo es impedir que las emociones sean convertidas en armas y que nos despojen la libertad emocional de sentirlas, por hacerlas causas totalizantes. Porque cuando el miedo, la ira o la compasión son administrados por los políticos, la verdad se diluye, la razón se emocionaliza y la humanidad termina fragmentándose entre víctimas que importan y víctimas que no. Si todo se emocionaliza, las emociones dejan de importar.

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César Niño

Por César Niño

Profesor de Relaciones Internacionales.@cesarnino4
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Cleo(91413)Hace 1 hora
Muy buena columna, en épocas donde la sensatez escasea.
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