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Los lunares asuntos terrenales y astropolíticos

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César Niño
10 de abril de 2026 - 08:00 p. m.
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El viaje al espacio de la misión Artemis II nos demuestra la espectacularidad que existe allí fuera. Las imágenes y los sonidos silenciosos que revela la aguerrida tripulación de la nave muestran, en realidad, dos mundos.

Uno de ellos es un lugar en calma, de panorama oscuro, que despierta una profunda tranquilidad. Ese lugar señala aquello que por mucho tiempo ha intrigado a la Humanidad: el otro lado de la Luna. Un espacio donde habita el llamado Hombre de la Luna, aquel mito que es, en realidad, el registro visible de antiguas catástrofes cósmicas. Allí, según Carl Sagan (aquel que salvó a la Luna de planes nucleares concebidos por potencias terrenales), se observan huellas de impactos ocurridos antes de la existencia de los humanos, de los mamíferos, de los vertebrados, de los organismos multicelulares y, probablemente, incluso antes de que surgiera la vida en la Tierra.

Es una presunción característica de nuestra especie otorgarle un rostro humano a la violencia cósmica aleatoria, aunque conviene decirlo con claridad, la violencia es un asunto exclusivamente humano. La otra realidad aparece cuando, desde la Luna, se observa un lugar igualmente sobrecogedor: una canica azul que volverá al centro de los atlas con fotografías actualizadas. Ese lugar, iluminado por el Sol, esconde en su interior innumerables ruidos. El silencio lunar contrasta con la estridencia terrestre. La Tierra enfrenta peligros existenciales, no por el choque de cuerpos cósmicos, sino por la colisión constante de actores terrenales lo suficientemente peligrosos como para sugerir la extinción de civilizaciones: algunos impulsados por la destrucción mediante el terrorismo; otros, por fanatismos y extremismos políticos y religiosos; y otros más, por posturas inflamables que erosionan cualquier intento de apaciguamiento.

La Luna solo muestra la asperidad de su polvo, un satélite, un cuerpo astronómico en calma, sin ruidos y a oscuras, que ha observado durante millones de años el proceso ruidoso de la Tierra. Una Tierra preciosa desde el espacio, pero llena de lunares en su interior. Ojalá los lunares de la Tierra hicieran justicia a la idea y noción de lo verdaderamente lunar.

El momento en que ocurre la misión Artemis II posee, además, una particularidad especial. Sus efectos se inscriben más en el terreno de la astropolítica que en el de la geopolítica. El programa científico reintroduce a la Luna como espacio de competencia sistémica y, a diferencia de Apolo, desarrollado en un contexto bipolar, Artemis II aparece en un escenario polipolar. Incrementa, de hecho, la presión estratégica sobre China, que busca un alunizaje tripulado hacia 2030.

Se trata de un evidente tanteo, cada vez más plausible, de la Luna como activo estratégico para actores terrestres, configurando así un dilema de seguridad extraplanetario. Sea cual sea el desenlace, la Humanidad parece dispuesta a colonizar la Luna, a trasladar allí sus miserias terrenales y convertirla en un espacio marcado por lunares humanos.

Dejen a la Luna en paz. Los asuntos lunares no son humanos, ni los humanos son lunares.

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César Niño

Por César Niño

Profesor de Relaciones Internacionales.@cesarnino4
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