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La estupidez suele ser inmune a la razón y a la evidencia. Es peligrosa porque induce a la renuncia voluntaria del juicio crítico. Alguna vez, Dietrich Bonhoeffer sostuvo que la estupidez puede ser más peligrosa que la maldad. Mientras el mal actúa con cierta conciencia, incluso con astucia, y por ello puede ser enfrentado, la estupidez desarrolla anticuerpos contra los hechos y contra la razón. La estupidez es una forma autoritaria de la negación de la razón.
En abril de 2016, el periodista Jeffrey Goldberg recordó en The Atlantic una frase de Barack Obama que terminó convirtiéndose en una suerte de doctrina de política exterior: “El primer deber del presidente de Estados Unidos es no cometer estupideces” (“Don’t do stupid shit”). La expresión podía sonar demasiado coloquial para sintetizar una estrategia internacional, pero escondía una idea bastante más sofisticada, y es que el poder no consiste en hacer todo aquello que es posible hacer, sino en distinguir cuándo la acción genera más problemas que beneficios.
Goldberg introducía su texto recordando el discurso pronunciado por el entonces secretario de Estado, John Kerry, en 2013, desde la Sala de Tratados del Departamento de Estado. El tema era el ataque con gas sarín perpetrado por el régimen de Bashar al-Assad contra la población civil en Siria. Más de 1.400 personas murieron en las afueras de Damasco. El horror era evidente y la presión para que Washington castigara militarmente al régimen sirio parecía irresistible. En la Casa Blanca se enfrentaron dos posiciones. El jefe de gabinete de Obama, Denis McDonough, advirtió explícitamente sobre los riesgos de una intervención militar. Kerry, por el contrario, defendía la necesidad de actuar. “Como ha sucedido en otras ocasiones de la historia, cuando teníamos el poder de detener crímenes atroces, se nos ha advertido sobre la tentación de mirar hacia otro lado”, sostuvo. Obama ya había trazado, un año antes, su famosa “línea roja” sobre el uso de armas químicas por parte del régimen sirio. Sin embargo, decidió no intervenir militarmente.
La decisión sigue siendo un asunto de debate político y hasta estratégico. Siempre los contrafácticos parecen ser lugares cómodos donde todo general de la posguerra sabe cómo ganar la guerra que alguna vez perdió. Para unos fue un acto de prudencia estratégica; para otros, una muestra de debilidad. Pero detrás de ella existía la lógica de evitar que Estados Unidos quedara atrapado en otra guerra de resultados imprevisibles en Oriente Medio. Assad no cayó entonces. Permaneció en el poder hasta diciembre de 2024, cuando una ofensiva de facciones rebeldes terminó derrumbando un régimen que parecía inamovible.
Diez años después, aquella máxima obamística parece haber sido archivada. Hoy la política exterior estadounidense parece guiada por una doctrina exactamente inversa, cometer estupideces con entusiasmo, como vector de política exterior y como octanaje de lo que signifique el adjetivo estratégico.
La evidencia ya sugería los enormes costos de involucrarse militarmente en el Irán de 2026. A eso se sumaron las extravagantes pretensiones de anexar Groenlandia, las insinuaciones sobre convertir a Canadá en un estado más de la Unión y otras ocurrencias que confundieron la geopolítica con un programa de telerrealidad. La estupidez tiene precisamente esa capacidad, de disfrazar de decisión estratégica lo que no pasa de ser un exabrupto. Como si hiciera falta una nueva demostración, el 22 de julio la administración Trump anunció un acuerdo de cooperación nuclear civil con Arabia Saudita, el denominado acuerdo 123, que permitirá la transferencia de tecnología nuclear estadounidense al reino saudí. La decisión constituye un nuevo golpe al ya debilitado régimen internacional de no proliferación y crea un precedente particularmente riesgoso en una de las regiones más inestables del planeta. Si Washington flexibiliza sus propias restricciones estratégicas, será cada vez más difícil exigir contención a otros actores que aspiren a desarrollar capacidades nucleares. Donald Trump estaría hoy en una posición mucho más sólida si hubiera prestado atención a algo de Barack Obama. Aunque suene a verdad de Perogrullo, una buena política exterior comienza por evitar las estupideces. No siempre garantiza el éxito, pero casi siempre evita desastres innecesarios. El problema es que esa prudencia parece haber dejado de ser una virtud para convertirse en un defecto. Con la estupidez todo se nota por el revés. El vicio es la virtud, el cálculo y la prudencia son las fallas. La política exterior de Estados Unidos y, por contagio, la de muchos otros actores, empieza a parecer menos el producto del cálculo estratégico de la satisfacción del interés nacional que una sucesión de impulsos, pálpitos, ocurrencias y demostraciones de caprichos. Quizá estamos entrando en una nueva etapa de las relaciones internacionales. El mundo es cada vez más complejo pero menos sofisticado, eso lo sabe muy bien la estupidez.
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