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Siempre es importante saber el lugar del mundo que se ocupa. Saberse en ese espacio significa entender que las acciones producen reacciones y, aún más, que a veces la imitación, cuando se trata de política exterior, puede ser contraproducente.
Hace algunas semanas escribía sobre la surrealpolitik, intentando retratar las formas y piruetas que ha hecho Colombia por no tener un interés nacional claro. Decía, en aquellas líneas, que pareciera que el único interés era no tener uno. Lo anotaba a propósito del momento final del viejo gobierno que acaba de terminar: la decisión de romper relaciones con Israel, pero sin condenar la invasión rusa a Ucrania; la irresponsabilidad del gobierno anterior por entrar en insultos personales contra otros líderes mundiales de orillas ideológicas distintas y, al mismo tiempo, su complacencia frente a las presiones de esas potencias; el show y el llamado a soldados extranjeros a desconocer a su propio gobierno, entre otras cosas.
Tuvo oportunidades de corregir y recular, pero no ocurrió.
Ahora, con el nuevo gobierno, parece hacerse más notoria la concreción de esa surrealpolitik. Siempre se ha dicho en los análisis académicos que la política exterior debe despojarse de las pasiones y de las trincheras ideológicas para convertirse en una juiciosa ponderación que busque la satisfacción del interés nacional en coherencia con las lógicas del sistema internacional. Se podría hacer el análisis más por el revés que por el derecho. Lo que sí parece ser constante es el afán por no tener un interés nacional.
El nuevo gobierno ha hecho un movimiento peligroso en política exterior: reconoce la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán, territorio sirio ocupado por Israel desde la guerra de 1967, sobre el cual Israel extendió posteriormente su legislación, jurisdicción y administración en 1981. Sin embargo, el Consejo de Seguridad de la ONU, mediante la Resolución 497 (1981), declaró que esa decisión israelí era null and void y carecía de efecto jurídico internacional. La resolución fue adoptada por unanimidad. Además, reafirmó el principio de que la adquisición territorial mediante la fuerza es inadmisible.
Entonces, cuando Colombia dice ahora que reconoce la soberanía israelí sobre ese territorio, está aceptando jurídicamente una pretensión de soberanía que el sistema internacional no reconoce. Por eso es surreal.
Y eso trae consecuencias que no le hacen justicia a nuestro lugar en el mundo. Con esta posición, Colombia manda un mensaje extraño porque suscribe que la seguridad de un Estado puede justificar el reconocimiento de un cambio territorial producido mediante la guerra y posteriormente consolidado. Solo Estados Unidos y Colombia tienen esta posición. Eso nos pone en un lugar marginal dentro de los marginados, todo por imitar a Washington.
Esto no quiere decir que la relación con Israel no sea estratégica y vital para la seguridad nacional y el comercio colombiano. Lo es. El problema está en otro lugar. Con esta decisión se le cae a Colombia cualquier argumento para condenar intentos o hechos de anexiones territoriales consumadas por vía de la fuerza. Hay que pensar en Crimea y Ucrania y, por qué no —esperemos que no sea así—, en Taiwán a merced militar de China.
En 2019, Washington podía asumir el costo de ser el único Estado en reconocer la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán. Colombia ahora convierte esa excepcionalidad en una posición bilateral con Estados Unidos. Sobra aclarar que Bogotá no es Washington.
Colombia tiene una larga historia de defensa de su propia integridad territorial y de controversias limítrofes. Por eso, reconocer que la seguridad puede justificar la consolidación territorial de un Estado tercero puede generar una tensión doctrinal con la manera en que Colombia históricamente ha defendido sus propios intereses territoriales. No significa que el caso del Golán sea jurídicamente equivalente a cualquier controversia territorial colombiana. Pero sí crea una asimetría normativa que puede ser explotada diplomáticamente por terceros Estados.
Hay un poco de idealismo en esa pretensión realista. Querer agradar con la imitación nos puede traer consecuencias peligrosas con algunos espacios comerciales, de turismo, visado, inversión y demás con el mundo árabe. Desconocer eso no es ser realista.
Eso sí, el reconocimiento colombiano no cambia el derecho internacional aplicable al Golán. Colombia puede reconocer lo que políticamente considere conveniente, pero un reconocimiento unilateral no modifica el estatuto jurídico internacional del territorio ni borra las resoluciones del Consejo de Seguridad. El problema, entonces, no es que Colombia haya cambiado el derecho internacional. El problema es que ha decidido colocarse políticamente del lado contrario al consenso internacional que sostiene ese derecho.
Creo que hemos logrado, con esto, abrir un portal de problemas de cara a futuras controversias. Y esto, en política exterior, sería como desconocer el “alma” del Estado, si es que la tenemos. La realpolitik no parece ser colombiana, la surrealpolitik parece ser lo nuestro.
Aún hay tiempo de recular, recalcular y ser prudentes.
Puede que nuestro interés esté justamente allí, en la corrección.
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