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Política exterior, un tema ausente

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César Niño
24 de abril de 2026 - 08:12 p. m.
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Las campañas presidenciales colombianas tienen una notoria timidez temática y programática cuando se trata de cuestiones exteriores. La política exterior no moviliza votos, no enciende pasiones ni articula emociones colectivas; se la relega a un lugar marginal dentro del repertorio discursivo de las campañas y de los propios aspirantes. Es comprensible, pero no por ello justificable, que así ocurra.

Las urgencias domésticas explican, en parte, que los asuntos globales ocupen el último peldaño en la jerarquía de prioridades. Sin embargo, esa marginalidad persistente solo augura la inercia de más de lo mismo. Esto es: una agenda reducida, una política tímida, un desenvolvimiento mediocre y, en última instancia, una inconclusión del interés nacional. Colombia, en efecto, ha operado al margen de las grandes preocupaciones mundiales, no por razones estratégicas de aislamiento como mecanismo defensivo, sino por una problema de desconocimientos, desconexiones, parroquialismo y por una altísima demanda de preocupaciones domésticas que nublan la vista exterior.

Quien aspire a ocupar la presidencia debe comprender que no solo administrará los problemas internos, representará al Estado en la conducción de la nación en un mundo permacrítico, polipolar y estructuralmente incierto. Un entorno donde los consensos se han vuelto una anomalía de la diplomacia contemporánea y donde el ascenso de los autoritarismos empieza a perfilarse como una nueva normalidad. En ese contexto, el próximo gobierno requerirá una cancillería altamente sofisticada y, sobre todo, una comprensión nítida de que la política exterior es un vector estratégico para algo tan elemental como frecuentemente ignorado: encontrarle un lugar en el mundo al país.

Más allá de afinidades ideológicas, la estrategia exterior debe responder a la culminación de un proyecto estatal. Ese proyecto, si pretende ser mínimamente coherente, debería gravitar sobre algunos ejes fundamentales, que por supuesto no son excluyentes. El primero es la seguridad internacional y el crimen transnacional. El aspirante a presidente debe delinear una estrategia compleja, no reduccionista, frente a redes criminales que operan de formas más sofisticadas y emulando, en algunas oportunidades, a los Estados. Eso implica, además, replantear la relación con Estados Unidos desde una racionalidad estratégica despojada de pasiones personalistas. La agenda debe incorporar las amenazas híbridas (ciberseguridad, actores armados no estatales con proyección regional) y, más importante aún, asumir que el orden internacional atraviesa una transformación estructural. Si el candidato entiende esta particularidad, Colombia podría embarcarse en una trayectoria menos vulnerable frente a las turbulencias del (des)orden global.

El segundo eje, por defecto, es la relación con Washington. Bogotá debe calibrar su política exterior en sintonía con la realidad estadounidense y su capacidad de irradiación sistémica. La clave no está ni en el alineamiento acrítico ni en el distanciamiento retórico, sino en una ecuación más sofisticada y con mucha filigrana: la elaboración de una autonomía estratégica con diversificación estructural. Cosas como la lucha contra el narcotráfico, la seguridad hemisférica, la migración, las cadenas globales de valor y los derechos humanos configuran los márgenes de maniobra. Ignorarlos o instrumentalizarlos ideológicamente reduce la capacidad de decisión basada en evidencia.

El tercer eje es el vecindario. América Latina, y en particular la cuestión venezolana, seguirá ocupando una parte sustantiva de la atención diplomática y de los informes de los funcionarios de la cancillería. No obstante, la proximidad geográfica no debe traducirse en improvisación política. El manejo de fronteras, atravesado por dinámicas de seguridad, migración y comercio, exige una presencia estatal efectiva. Y aquí aparece un problema estructural: sin Estado en las fronteras, no hay política exterior posible. Solo si esa condición se corrige, Colombia podría reconfigurar su aspiración, más sobria y reposada, de actuar como estabilizador regional, antes que insistir en una narrativa sobredimensionada de potencia media.

A esto se suma una dimensión que los candidatos suelen eludir, y es la necesidad de adoptar posiciones frente a las grandes tensiones sistémicas. La guerra en Ucrania, las fricciones y los conflictos en Medio Oriente, las hipótesis de invasión, el acercamiento a África y el creciente poder de las grandes corporaciones tecnológicas en la configuración de la geopolítica actual no son asuntos lejanos. Son variables que redefinen el sistema internacional y frente a las cuales Colombia no puede seguir siendo un actor silencioso, tímido y replegado. La timidez, en cuestiones de política exterior, se parece mucho a la mediocridad. Conviene recordarlo: Colombia es, en términos estructurales, un Estado pequeño, y precisamente por eso requiere mayor claridad estratégica, no menor. Dado su lugar en el mundo, este que el país no ha definido ni encontrado, el multilateralismo puede ser un escenario de proyección relevante, a pesar de los crecientes esfuerzos minilaterales. Colombia puede tener un rol más activo en contextos de participación de misiones internacionales (seguridad, paz, lucha contra el crimen internacional), pero debe tener una proyección más coherente en cuestiones de consolidación de mecanismos de verificación en procesos de paz, en África, por ejemplo.

El sobrediagnóstico de ser un país bioceánico, amazónico, entre otras, es una muy buena posibilidad de ser atractivos, claro, pero de nada sirve ser biodiversos sin coherencias ni estrategias. O somos objeto o somos sujetos en la arena internacional. Entonces, los candidatos deberían resistir la tentación de refugiarse en clichés sobre las relaciones internacionales. Deben apostar por la definición de una doctrina de política exterior. Pensar estratégicamente el lugar de Colombia en el mundo no es un lujo intelectual, es una condición de supervivencia en un sistema internacional cada vez más exigente y menos indulgente.

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César Niño

Por César Niño

Profesor de Relaciones Internacionales.@cesarnino4
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