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No todas las paces son deseables. Al menos no aquellas que terminan las guerras en capitulaciones o con el desmembramiento de la víctima, y que colocan al victimario como el arquitecto del orden. A veces las guerras defensivas deben primar por la propia existencia, como ocurre con Kiev. La paz en Ucrania no es deseable, al menos en las condiciones actuales. Teniendo siempre en cuenta las muertes inocentes que toda guerra deja, la propuesta de paz en Ucrania, como la ha planteado Trump y como le simpatiza a Putin, puede estar disfrazada de una paz caliente y más armada. Una paz en Ucrania podría suponer, en un futuro no muy lejano, nuevas agresiones rusas sobre Polonia, Moldavia, Georgia y otros actores del vecindario. El conflicto no puede meterse al congelador; de hacerse, la fragmentación, cada vez más pronunciada en Occidente, llevará a que lo ilegal sea la norma y que la agresión sea el patrón de cambio.
Mientras las guerras estallan, las paces nunca lo hacen. La gravedad del momento sugiere tener una posición realista del asunto, y no por eso guerrerista. El guerrerismo subraya la necesidad impajaritable de empuñar armas por encima de cualquier razón; en esta oportunidad, la ecuación es otra. Se trata de volcar todos los esfuerzos militares para que una nación en riesgo de desaparecer perviva. Se trata de entender que la paz no puede hacerse en detrimento del agredido y que la cautela, como la paciencia, solo benefician al agresor. La solución militar, en esta ocasión, es el camino para la existencia ucraniana y para la estabilidad que a veces se disfraza de paz.
En un reciente ensayo escrito por Mónica Duffy Toft y publicado en la revista “Foreign Affairs”, la profesora de política internacional da a entender que nos encontramos en un momento muy parecido al del final de la Segunda Guerra Mundial, a un remedo de lo que fue Yalta en 1945, donde los vencedores dividieron Europa y el mundo en zonas de influencia, dando así inicio a la Guerra Fría. Ya no se trata de Stalin, Churchill o Roosevelt, donde de esos tres solo uno era un autócrata; hoy se trata de dos autócratas (Putin y Xi) en compañía de Trump, quien los imita bastante bien.
Entonces, hay que poner sobre la mesa la idea de que cualquier intento por interrumpir el conflicto capitulando territorio ucraniano daría una victoria peligrosa a Rusia, que tiene en una agenda muy pública la intención de ampliar las agresiones a Estados europeos. Para honrar la muerte de miles de soldados y civiles ucranianos que resistieron, la defensa de Ucrania debe convertirse en ofensiva. Esto es entender que la solución a la cuestión ucraniana no es una cuestión exclusiva de los ucranianos, porque si fuera así la incertidumbre en Europa y el resto del mundo no habría hecho la carrera que hizo. De tal forma, como lo ha sugerido un grupo de 600 académicos, políticos y estrategas militares en un comunicado conjunto publicado recientemente, todo Occidente debe exigirle a Rusia que retire sus tropas de la geografía ucraniana, libere a los soldados y civiles secuestrados —entre ellos niños— y retire las bases militares impuestas en Abjasia, Osetia del Sur, Transnistria y Armenia. También sugieren que Occidente debe garantizar la celebración de elecciones libres en Georgia y Bielorrusia bajo estricta supervisión internacional, apoyar el legítimo reclamo de Japón sobre las islas Kuriles de Kunashir, Iturup, Shikotan y Habomai —ocupadas por Moscú desde 1945— y, finalmente, aprobar la membresía de Ucrania, Moldavia, Georgia y Armenia en la OTAN.
La paz, al menos como la ha propuesto Trump, es insoportable y solo beneficia a Putin. A veces hay que romper con los buenismos y los idealismos románticos, porque en esta oportunidad la paz ucraniana será posible con estabilidad y apoyo militar a Kiev. El agresor debe retroceder. Es ingenuo creer que, a partir de la propuesta de Washington para la tregua y la paz entre Rusia y Ucrania, Putin se aplacará, aprenderá la lección y no lo volverá a hacer.
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