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Autenticidad y reconocimiento

Luis Fernando Charry

26 de enero de 2024 - 09:00 p. m.

En 1979, en un breve ensayo escrito originalmente en francés, Juan José Saer retoma algunos conceptos sobre la ficción expuestos con anterioridad: las diferencias entre narración y novela, la transformación de la narración durante la época burguesa (el afianzamiento, según Adorno, de la novela como “género”), el conflicto del héroe con el “mundo real” (Saer ha leído con disciplina a Lukács) y el significado de la palabra “realismo”, cuyos orígenes literarios conducen al nombre de Cervantes. A estas cuestiones alude en el primer párrafo.

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Después elabora un planteamiento crítico en contra de la novela de la mano de Joyce, Kafka, Pavese, Mann, entre otros. Este planteamiento opera en realidad en dos direcciones: reduce, por un lado, la crítica de la novela a una crítica de lo real, y se desmarca, por el otro, de cualquier filiación nacionalista: “La tendencia de la crítica europea a considerar la literatura latinoamericana por lo que tiene de específicamente latinoamericano me parece una confusión y un peligro, porque parte de ideas preconcebidas sobre América Latina y contribuye a confinar a los escritores en el gueto de la latinoamericanidad”.

Unos 20 años más tarde, Juan Villoro apunta: “En un mundo que ha inventado formas de satisfacción que van de los cantos gregorianos a los calzones comestibles, no resulta particularmente escabroso que los lectores europeos pidan de América Latina generales que vivan 168 años, jaguares con ojos de jade o ninfas que levitan en los manglares. Lo grave es que la visión de conjunto de América Latina se someta a estas prenociones: el realismo mágico como explicación de un mundo que no conoce otra lógica”.

De modo que la obra de un escritor latinoamericano debe coincidir con la imagen que el lector europeo “ya” tiene de Latinoamérica; si no coincide, el escritor latinoamericano será considerado “inauténtico”. (La “inautenticidad” no es un mero reproche contemporáneo; Borges, en 1932, anotaba: “Gibbon observa que en el libro árabe por excelencia, en el Alcorán, no hay camellos; yo creo que si hubiera alguna duda sobre la autenticidad del Alcorán, bastaría esta ausencia de camellos para probar que es árabe”). Así, el conflicto de la “autenticidad” o, mejor dicho, de la “sintonía” con la identidad nacional tiene aún cierta vigencia en la forma en que la literatura latinoamericana es reconocida como latinoamericana.

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Y no solo por los europeos sino —sobre todo— por los latinoamericanos. De esto se desprende una alarmante prescripción: un escritor chileno o argentino debe abordar una vez más el tema de la dictadura o un escritor colombiano no debe olvidarse del narcotráfico, de los paramilitares, de la guerrilla (una buena dosis de color local, claro, garantiza el éxito). En cualquier caso, hay una diferencia con respecto al rancio malentendido histórico: la autenticidad ya no está asociada con el realismo mágico sino más bien con la “preconcepción” de la realidad de cada país: todo aquello que ya se sabe debe reaparecer en la verdadera obra de un verdadero escritor latinoamericano. Si no reaparece no hay reconocimiento. Y sin reconocimiento no hay un vínculo con la identidad nacional.

Por Luis Fernando Charry

Escritor, periodista y editor
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