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“Borges a contraluz”

Luis Fernando Charry

11 de julio de 2026 - 12:03 a. m.

El influjo de Estela Canto en “El Aleph” se evidencia por partida doble: sus rasgos perfilan de una manera velada los rasgos de la protagonista, Beatriz Viterbo, y la dedicatoria —extraviada en la última página del cuento, entre la posdata y un par de notas al pie, como un imperdonable descuido amoroso— tiene su nombre: “A Estela Canto”. Su importancia, sin embargo, trasciende ese acotado vínculo afectivo con Jorge Luis Borges.

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Autora de un puñado de novelas soberbias —yo destacaría El muro de mármol (1945, Premio Municipal)— y traductora de gran destreza, Canto colaboró desde joven en la revista Sur de Victoria Ocampo y en la colección El Séptimo Círculo, dirigida en su etapa inicial por Borges y Bioy Casares. En esos años tradujo en especial autores de novela policiaca. Luego sus traducciones fueron un poco eclécticas: de las novelitas de Johanna Lindsey o Philippa Carr a Marcel Proust (la muerte la privó de traducir el séptimo tomo de En busca del tiempo perdido y completar así la hazaña). Por todo esto ya debería pasar a la historia.

Aunque a lo mejor solo será recordada por Borges a contraluz, una especie de “biografía ensayística” o de “ensayo biográfico” donde repasa su “amistad” con Borges: “Cada mañana, cuando llegaba a casa con una novela de Henry James o de Gustav Meyrink en el bolsillo, tenía la actitud del festejante inoportuno que teme ser rechazado por la señorita cortejada. Esto era irritante. Él tenía 45 años; yo, 28”. Canto evoca las caminatas nocturnas por Buenos Aires en las cuales proliferaban las conversaciones literarias en inglés (50 cuadras caminaron la noche de verano en que empezó esa “amistad”). Por supuesto, en raras ocasiones estuvieron de acuerdo: Borges trataba en vano de convertirla a la religión de Conrad y Stevenson, y Canto nunca podía convencerlo de los méritos de Tolstoi, Dostoievski o Chejov, ni mucho menos de Thomas Mann.

Canto también subraya algunos atributos de ese hombre enamorado —la atracción y el repudio por los espejos, el desdén por los hechos, por las explicaciones, por la música clásica, la pasión por los cuchilleros, por las milongas y por los tangos, sin dejar de lado el agnosticismo o los malentendidos alrededor del peronismo—, y en varios pasajes alude a la eterna imposibilidad de estar a solas con Borges: Leonor, la mamá de Borges, permanecía siempre vigilante (Canto ni siquiera podía visitarlo en su propia casa si Leonor no estaba haciendo guardia). En cualquier caso, tampoco tenía sentido que estuvieran solos: “Sexualmente me era indiferente…, ni siquiera me desagradaba. Gozaba de su conversación, pero su convencionalismo me agobiaba”. Y en otra parte: “Cuando me apretaba entre sus brazos, yo podía sentir su virilidad, pero nunca fue más allá de unos cuantos besos”. Ese fue el contacto físico más cercano, además de las tres veces que Canto le afeitó la barba.

A pesar de eso, Borges una noche se arriesgó:

“Estela…, eh…, ¿te casarías conmigo?”.

Y Canto dijo:

“Lo haría con mucho gusto, Georgie. Pero no olvides que soy una discípula de Bernard Shaw. No podemos casarnos si antes no nos acostamos”.

Esa respuesta, creo, podría figurar en un anexo de cualquier manual de seducción.

Por Luis Fernando Charry

Escritor, periodista y editor
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