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La biografía de Bornis Pilniak cabe en unas cuantas líneas. Nació en Mozhaisk en 1894, viajó por Europa, Estados Unidos y Japón, se involucró con el poder revolucionario, escribió novelas y cuentos, criticó al régimen, fue acusado de espionaje y terminó encarcelado en 1937. Dicen algunos que murió en Moscú ese mismo año; otros dicen que murió en 1941.
Pilniak, como muchos vanguardistas rusos comandados por Mayakovsky, hizo una lectura radical de la historia contemporánea: a diferencia de la Revolución francesa (o de la preceptiva marxista de mediados del siglo XIX), la Revolución bolchevique de octubre de 1917 no fue en rigor una disputa entre el “proletariado” y la “burguesía” sino una disputa de “índole identitaria”. Es decir: una guerra a muerte entre dos “mundos” irreconciliables: Rusia y Occidente.
Esta apreciación ha sido expuesta en numerosas ocasiones por historiadores y críticos: de Orlando Figes a Karl Schlögel, sin dejar de lado las puntuales intervenciones de Trotsky: lo “ruso” son las tradiciones religiosas de los campesinos y sus respectivas mitologías, y lo “revolucionario” es la modernidad de la ciencia, etc. Cita Trotsky en ese mismo artículo —Octavio Paz lo parafrasea en la última sección de Los hijos del limo— un diálogo de la novela El año desnudo de Pilniak. Es una buena cita.
Pero yo prefiero citar aquí un pasaje aún más esclarecedor de “Pedro, su majestad, emperador”, uno de los cuentos de Pilniak en los cuales la tensión entre Rusia y Occidente se intensifica: “Zotov tuvo, con toda lucidez, la sensación de que, si en San Petersburgo, además de las bacanales, el latrocinio, la prepotencia, la crueldad, las fiebres y las neblinas, aún existía la intención, bastante tonta, de crear una potencia europea, en la inmensa Rusia existía bandolerismo, brutalidad, confusión y rusticidad”. El Pedro del título del cuento alude a Pedro el Grande, que cometió en principio un pecado capital: quiso “modernizar” (¿o debería decir “occidentalizar”?) a Rusia; los costos de ese proyecto han quedado registrados con sangre en la historia.
Y en la literatura. En ese mismo cuento, sin ir tan lejos, se recrea la ejecución de María Hamilton: “La repudiada vestía un traje blanco con cintas negras. Y cuando el verdugo le hubo cortado la cabeza, Pedro la levantó e hizo a los presentes una brillante explicación sobre la estructura anatómica de la garganta, y luego, acercando aquel despojo a su boca, puso sobre los labios muertos sus propios labios, con los que antes había besado a la joven de manera tan distinta”. Encandilador pasaje en un doble sentido: el repudio hacia el primer responsable de la debacle de la “occidentalización rusa” se funde de golpe con la soberbia contención descriptiva.
De esta contención han sobrevivido por suerte otros cuentos magistrales: “Caoba” o “Un cuento sobre cómo se escriben los cuentos”, entre otros. Este último (apenas 20 páginas) es una pequeña obra maestra. Además, según Sergio Pitol, ejemplifica de un modo intenso cuáles son los alcances del montaje cinematográfico: un recurso que se volvería habitual e insoslayable de cada uno de los procedimientos literarios del gran Boris Pilniak.
