A finales del siglo XIX todo llega a Bogotá con una tardanza extraordinaria: un piano tarda 45 días en llegar de Europa (y a veces no llega por cortesía de un naufragio). Por supuesto, las complejidades geográficas están en sintonía con otros males endémicos; de ahí que Bogotá no les ofrezca a las “mentes inquietas” muchas alternativas. Con razón Baldomero Sanín Cano apunta: “La capital de Colombia es uno de los ambientes más propicios a la locura. Todas las circunstancias de la vida cuotidiana conspiran a hacer caer al individuo en las acechanzas de la idea fija”. Sanín Cano refuerza este dictamen recreando una anécdota de José Asunción Silva en París, donde ha conocido a una muchacha checa, inteligente “y muy amiga de coleccionar datos sobre aberraciones étnicas”.
Es 1886. Silva y la checa se conocen en la casa de una dama que no vacila en decirle a la checa de dónde viene Silva. Al cabo de un rato la checa sabe que Bogotá es una ciudad andina a 2.700 metros sobre el nivel del mar, a quince días de distancia de la costa colombiana, a cuarenta días de París o Londres. Silva, buen conversador, habla de la delgadez del aire, de la desconcertante pureza del cielo, de los perfiles de las montañas que se destacan a kilómetros de distancia: “Los nervios en ese aire seco, rarificado, de una misma temperatura durante el año, están en tensión constante”. Luego dice que una de las principales preocupaciones de la gente es la religión (los eventos más memorables del año son la Semana Santa y la fiesta del Corpus); la otra es el correo que viene de Europa, cuya sola mención es suficiente como para convertirse en el asunto más importante del mes. Y en cuanto a las dificultades para ser reconocido, Silva le dice a la checa que es necesario conocer las preocupaciones de todo el mundo: “Los achaques de los viejos, las indisposiciones de los jóvenes, las cuentas no pagadas, las enfermedades de los niños, todo esto hay que saberlo con detalles para tomar puesto importante en la sociedad”. A esas alturas la checa tiene una idea más o menos inquietante de Bogotá. Pero aún tiene otras preguntas.
¿Leen en esa ciudad? (En esa época, antes de marcharse al viaje crucial a Europa, José Asunción Silva —“José Presunción”, le decían en Bogotá— está al tanto de la moda literaria europea: conoce, según Sanín Cano, a todos los autores, sobre todo a los desconocidos, y lee y escribe en cuatro idiomas). Silva dice que leen mucho, claro, y como para que no queden dudas dice también: “Los eruditos de Bogotá tienen fama imponente en América. Las ideas y las modas de Europa tienen allá uso corriente a los seis meses de haber aparecido en París”. Para terminar el interrogatorio, la checa le pregunta qué piensan los unos de los otros. Dice Silva que cada uno es dueño de su propia verdad y que todos hablan con afectación, en voz alta: “La contradicción nos mortifica. Hemos querido hacer el mundo a nuestra imagen y semejanza, y cuando sorprendemos entre él y nosotros pequeñas diferencias reaccionamos violentamente”.
A excepción de la distancia con Europa, de las dificultades para traer un piano, de las nuevas atracciones culturales e intelectuales, ¿han cambiado mucho las cosas?