La marca del exilio ha sido una constante en la historia literaria (quizás la Odisea sea el ejemplo canónico por excelencia) e incluso reaparece con insistencia en buena parte de las literaturas del siglo XX, en las cuales el “autor exiliado” se atribuye el derecho a escribir sobre los otros exiliados en medio de una serie de tempestades políticas. Edward W. Said, en Reflexiones sobre el exilio, sostiene: “La épica clásica, escribió Lukács, emana de culturas establecidas en las que los valores están claros, las identidades son estables y la vida no se altera. La novela europea se cementa precisamente en la experiencia contraria, la de una sociedad cambiante en la que un héroe o heroína de la clase media, itinerante y desheredado pretende construir un nuevo mundo que de algún modo se parezca al viejo mundo dejado atrás”.
Desde una perspectiva estrictamente dramática, el exilio de Díaz de Vivar es el punto de partida del primer canto del Poema del mio Cid: si no hay exilio, no hay trama, lo que equivale a decir que no hay drama y, por lo tanto, no hay historia ni hay nada que contar; basta hacer un breve repaso de los años que antecedieron al primer destierro. Para entonces ya ha sobresalido en el campo de batalla mientras los protegidos del rey se han dedicado a difamarlo cada vez con mayor frecuencia. Es una situación insostenible; falta poco para que la crisis estalle. Al final el día llega: el Cid ataca el reino de Toledo y se niega a cumplir las exigencias del rey: no devolverá parte del botín. En este punto, en opinión de María Eugenia Lacarra, los enemigos del Cid se aprovechan de la situación: ya se ha establecido un motivo de destierro.
En el exilio el Cid sigue siendo inflexible; ni siquiera se plantea, como se evidencia en la siguiente secuencia cronológica, la posibilidad de ayudar al rey. No intervendrá en el sitio de Rueda en 1083, ni en el asalto a Zaragoza en 1085, ni en la toma de Toledo, ni en la batalla de Sagrajas. Pese a esta racha de desplantes, el rey y el Cid se reconcilian en 1087. Pero la reconciliación no dura mucho. En 1089 el Cid no participa en el asalto de Aledo. Otra vez la relación empeora y otra vez los enemigos lo acusan. Una vez más el rey lo condena al destierro. El Cid se instala en Levante. En 1091 hay una nueva discrepancia. Por eso el Cid vuelve a Valencia. Un año después el rey, junto con el rey de Aragón, el conde de Barcelona y las flotas genovesas y pisanas, lleva a cabo un asalto por mar y tierra a Valencia. Para vengar el insulto el Cid arrasa la Rioja, territorio de su enemigo García Ordóñez. Por esta acción militar el rey no duda en perdonarlo. A continuación lo incita a volver a Castilla, pero el Cid se da el lujo de desdeñar el ofrecimiento, se queda en Valencia y la conquista en 1094.
Idas y vueltas, ofensas y perdones, mucha codicia y desventuras en tierra ajena: este inventario enfatiza la función del exilio en el Poema de mio Cid y determina la situación del héroe: el Cid, como señala Pedro Salinas en su estudio del poema, se tendrá que alejar a la fuerza y a partir de esta nueva condición deberá ser otro para sobrevivir. ¿No será este destino clásico un destino contemporáneo?