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Georges Charbonnier entrevistó en ocho ocasiones a Jorge Luis Borges. Esas conversaciones, cuya temática gira alrededor de los problemas inherentes a la práctica de la escritura de ficción (y, en especial, al modo de leer entre líneas ciertos géneros), se publicaron en libro: El escritor y su obra, editorial Siglo XXI, 1967. En una de esas conversaciones, Borges sostiene: “No creo ser un buen matemático, pero sí he leído —y releído, lo que es más importante— a Poincaré, Russell y algunos matemáticos más. Todo ello me ha atraído de la misma suerte. He dado conferencias en Buenos Aires sobre las paradojas eleáticas. La matemática y la filosofía, la metafísica, siempre me han interesado. No diré que sea matemático o filósofo, pero creo haber encontrado en la matemática y la filosofía posibilidades literarias y sobre todo posibilidades para la literatura que más me apasiona: la literatura fantástica. Pero más que nada me veo como un poeta o un hombre de letras que ha columbrado las ventajas y posibilidades de las ciencias para la imaginación, sobre todo para la imaginación literaria”.
Y en el epílogo de Otras inquisiciones Borges reconoce: “Dos tendencias he descubierto, al corregir las pruebas, en los misceláneos trabajos de este volumen. Una, a estimar las ideas religiosas o filosóficas por su valor estético y aun por lo que encierran de singular y de maravilloso. Esto es, quizá, indicio de un escepticismo esencial”. (La otra tendencia que Borges ha descubierto es la limitación de las fábulas y las metáforas; de ahí que prescriba periódicamente la necesidad de no emplear metáforas elaboradísimas a la hora de describir algo que una metáfora simple ya ha descrito acertadamente en el pasado). De estas dos tendencias, sin embargo, solo la primera retoma el mismo ideal utilitario de que habla en la conversación con Charbonnier. En este sentido, Gutiérrez Girardot condensa mucho mejor el papel de la filosofía o, mejor, de la lectura filosófica à la Borges: “Esta consideración de las ideas filosóficas es una negación tácita de las metas de la filosofía, a saber, el conocimiento y la verdad, pero es a la vez una recuperación de su origen, tal como lo afirmó el Sócrates platónico en el Theaitetos”.
Dejando a un lado la importancia de la relectura, Borges incursionó en las ciencias “externas” a la literatura —historia, matemáticas, filosofía, metafísica, entre muchas otras— con cierta vocación de amateur, ya que nunca pretendió ser un experto; tan solo las frecuentaba con ánimo desprevenido, con un nivel escaso (o escasísimo) de entendimiento. A partir de esa desprevención llevaba a cabo su propósito, saqueando materiales y estrategias y modelos con el fin de reelaborarlos en el territorio literario, donde era el dueño —soberano e incuestionable— del conocimiento. De algún modo Borges conocía en el territorio literario todas las variantes, todos los trucos, todas las desviaciones, y por eso podía darse el lujo de elegir, de reducir el multitudinario conjunto de alternativas a una única decisión, en la mayoría de los casos certera e inmejorable. Por supuesto, no solo podía realizar “cualquier” elección; también tenía la virtud de no equivocarse.
