Borges fue un gran (mal) lector. De ahí que la lectura de un tratado pitagórico (literatura fantástica) desemboque de una manera natural en un cuento en Alejandría o que la lectura de Spinoza o de Schopenhauer o de la Biblia (literatura fantástica) incentive ciertas construcciones ficcionales. En esta instancia conviene retomar las palabras de Ricardo Piglia en El último lector: “Quizá la mayor enseñanza de Borges sea la certeza de que la ficción no depende solo de quien la construye sino también de quien la lee. La ficción es también una posición del intérprete. No todo es ficción (Borges no es Derrida, no es Paul de Man), pero todo puede ser leído como ficción. Lo borgeano (si eso existe) es la capacidad de leer todo como ficción y de creer en su poder. La ficción como una teoría de la lectura. Podemos leer la filosofía como literatura fantástica, dice Borges, es decir, podemos convertirla en ficción por un desplazamiento y un error deliberado, un efecto producido en el acto mismo de leer. Podemos leer como ficción la Enciclopedia Británica y estaremos en el mundo de Tlön. (…) Hay cierta inversión del bovarismo, implícita siempre en sus textos; no se lee la ficción como más real que lo real, se lee lo real perturbado y contaminado por la ficción”.
Manía perpetua de la tergiversación, negligencia interpretativa, refinado asco a las convenciones, Borges elude los protocolos de la literalidad en cada contacto con el texto y de paso transforma el arte de la lectura en el arte de la distorsión. Como gran (mal) lector, siguiendo la línea argumentativa de Piglia, Borges no lee, no sabe leer. O, mejor dicho: como gran (mal) lector, Borges solo puede leer mal. No podía ser de otro modo: cada vez que lee “altera” el sentido del texto y en esa alteración también pone en juego el deseo expreso de cancelar el sentido anterior del texto.
Al fin y al cabo, la naturaleza de cualquier texto ha sido fijada con anterioridad a la lectura (un problema de álgebra “es” un problema de álgebra) y solo adquiere “otra” dimensión “después” de la lectura: un problema de álgebra ya no es “solo” un problema de álgebra sino “también” un complemento de la ficción, un complemento en cuya base estructural podría latir el germen de un cuento, de un poema, de un ensayo. Así, la apropiación de la mala lectura borraría las fronteras.
Otro ejemplo clásico, diría Piglia, otra escena memorable de mala lectura alterada por una memorable capacidad de distorsión: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”. Bajo la óptica borgeana las primeras líneas del Quijote podrían ser el comienzo fulgurante de una novela policiaca. ¿Por qué el narrador no se acuerda de ese lugar? ¿Qué pasó allá? ¿Hubo un crimen? ¿Quién es el asesino? ¿Es acaso la amnesia, como en cualquier conflicto de adulterio, la coartada mágica?
Todo, en definitiva, se modifica gracias a la mala lectura y a lo mejor por eso no se podría descartar esta “lectura borgeana” del Quijote, sobre todo después de conocer la manera de leer de Borges, es decir: de leer a quien solo sabe leer mal.