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Antonio José Ponte, como Fernando Ortiz, tiene una cierta fascinación por la comida. Sin duda, no es una fascinación “exclusiva” de estos autores cubanos: Espejo de paciencia, de Silvestre de Balboa —el primer libro, según Ponte, de ese “país imaginario” llamado Cuba—, habla ya de comidas. De manera que la comida vendría a ser una representación sensitiva detrás de la cual hay algo que palpita y que podría llegar incluso a representar “algo más” de lo que su nombre indica. Hasta aquí Ortiz y Ponte se acercan. Luego se distancian: en lugar de retomar el sentido del gusto (como Ortiz lo hace de un modo compulsivo en la mayor parte de su obra), Ponte opta en Las comidas profundas por el sentido del olfato.
El olfato es apenas una tentativa por partir de un punto estable, o sea: de la piña. Hay que oler la piña (hay que contemplarla), pero sobre todo hay que probarla. Aquí vuelve a entrar en acción el sentido del gusto, claro, con una diferencia: el paladar no define exclusivamente esta experiencia; es solo el punto de partida a través del cual los otros sentidos se activan. En esta dinámica de contagio se puede alcanzar una experiencia más totalizadora ya que los sentidos, en conjunto, afectan la dimensión de la memoria. (Si Ponte menciona en su libro el ejemplo de Proust no es por un simple gesto de exquisitez literaria; el olor, en Proust, es por un lado una digresión vanguardista y por el otro la memoria misma de la vanguardia). Y sí: la piña es una “metáfora”.
Sin embargo, las metáforas o los símiles de la comida (una especialidad propia de la literatura gastronómica cubana) solo crean estereotipos, estereotipos no comunes detrás de los cuales siempre se esconde una carencia. Dice Ponte: “Escribo sobre la mesa de comer. La mesa está cubierta con un mantel de hule, con dibujos de comidas: frutas y carne asada y copas y botellas, todo lo que no tengo. Mi castillo en España es escribir de comidas. Sentarme a la mesa vacía y tapar con la hoja en blanco los dibujos de comidas y escribir de comidas en la hoja”.
A primera vista esta cita alude a una serie de vínculos en apariencia inexistentes. El lugar, en principio. Es decir: el lugar “desde” el cual se escribe. En este caso, la mesa de comer se convierte en la mesa de escribir, o sea que el “uso” convencional de la mesa de comer “cede” ante el acecho o la necesidad o el deseo de la escritura, una escritura ajena por completo —ya a partir de esta “apropiación” por parte del escritor— a las condiciones, dijéramos, “típicas” en las cuales se suele llevar a cabo esta clase de procesos. No hay escritorio, hay mesa de comer. O dicho de otro modo: ya hay un reto ante la carencia o, si se quiere, ante una carencia por partida doble: se escribe “sin” escritorio y también se está en una mesa de comer “sin” comida. Para suplir la carencia hay un simulacro de comida dispuesto en un mantel, y todo lo que está dibujado en ese mantel es todo lo que quien escribe no tiene. Pero esta condición va un poco más allá: el que escribe sobre una mesa de comer escribe “sobre” comidas. Ese es el norte de su escritura. O mejor: ese es el desafío al cual la escritura de Ponte se enfrenta: una hoja en blanco. Y poco más.
