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El último ejercicio proustiano de Capote

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Luis Fernando Charry
08 de agosto de 2026 - 05:07 a. m.
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En 1984, un día antes de morir, Truman Capote escribió de un tirón “Recordando a Willa Cather”. Esas tres páginas cierran con broche de oro la edición completa de sus ensayos, cuyo título en inglés —Portraits and Observations— alude a sus dotes de “retratista” y “observador” de celebridades, millonarios, escritores, políticos y asesinos. Y de él mismo, claro: “Recordando a Willa Cather”, como otros textos ensayísticos o periodísticos, empieza con una digresión personal.

Capote tiene diez años. Por entonces está interesado en sus antepasados sureños, en especial en los hombres que murieron durante la Guerra Civil. Según la leyenda, fueron al menos 40; todos, o casi todos, se aficionaron a escribir cartas desde el campo de batalla. Esas cartas han caído en manos de Capote: un genio precoz que ahora planea escribir un libro donde recreará las vidas de esos héroes confederados.

Sin duda el gran proyecto tiene un gran potencial. Pero por un tiempo lo aplaza. Ocho años después, mientras se gana la vida como periodista en Nueva York, el gran proyecto vuelve a perturbarlo. En ese momento se da cuenta de una cosa: si va a escribir un libro histórico debe investigar. Por eso empieza a frecuentar la New York Society Library. Es el lugar ideal para refugiarse en el invierno: cálido y limpio y a unos pasos de Park Avenue. Además los visitantes son de clase alta, muy bien educados. A muchos los ve con frecuencia, sobre todo a una gran dama de ojos azules.

Una tarde, a la salida, en medio de una tormenta de nieve, vuelve a verla. Está en la acera esperando un taxi, pero no hay un solo taxi a la vista. Capote se le acerca y le dice que tal vez todos los taxistas ya se han ido a sus casas. La dama de los ojos azules no le da mucha importancia; al fin y al cabo no vive muy lejos. Capote se ofrece a acompañarla. Ella se ríe.

Empiezan a caminar por Madison Avenue hasta que llegan al restaurante Longchamps. Ella le dice que no sería una mala idea tomarse una taza de té. Capote acepta. Pero cuando se sienta pide un martini doble. Ella se ríe y le pregunta si ya puede tomar. Ante ese arrebato de curiosidad, Capote se siente autorizado para contarle toda su vida: edad, lugar de nacimiento, aspiraciones literarias. En ese punto la dama de los ojos azules quiere saber cuáles escritores admira. Capote recita: Flaubert, Turgeniev, Proust, Charles Dickens, E. M. Forster, Conan Doyle, Maupassant. La dama de los ojos azules elogia sus gustos. Y a continuación le pregunta si no le interesa algún escritor norteamericano.

“Como quién”, dice Capote. Ella no duda: “Sarah Orne Jewett, Edith Wharton”. Capote dice: “La señora Jewett escribió un buen libro: La tierra de los abetos puntiagudos. Edith Wharton escribió un buen libro: La casa de la alegría. Pero… Me gusta Henry James. Mark Twain. Melville. Y adoro a Willa Cather. Mi Ántonia. La muerte llama al arzobispo. ¿Ha leído sus dos maravillosas novelas cortas: Una dama perdida y Mi enemigo mortal? “Sí”, dice la dama de los ojos azules. Luego se toma un sorbo de té, y dice: “Debería decirte…”. Hace una pausa y, entre susurros, casi avergonzada, agrega: “Yo escribí esos libros”.

Ahí termina la parte más embarazosa de la historia.

Luis Fernando Charry

Por Luis Fernando Charry

Escritor, periodista y editor
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