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Juan José Saer alguna vez dijo: “Para admirar a un escritor hay que merecerlo: no se puede admirar a Shakespeare y escribir como Paulo Coelho”. Saer no solo apuntaba a la pobreza estilística de Coelho sino a la admiración de Coelho por la obra de Jorge Luis Borges y Jorge Amado: “Si a Coelho le gustan los dos hay algo que falla en su juicio estético”.
Coelho, según Saer, no es el único: “Otro caso similar es el de Mario Vargas Llosa. Él dice que su autor preferido es Flaubert. Yo no veo absolutamente nada ni en la obra ni en la vida ni en sus opiniones que pueda provenir de Flaubert”. Y más adelante: “Uno hace novelas enormes, mamotretos comerciales que son cada vez peores, y el otro tenía la religión del ‘buen gusto’, la palabra justa. Flaubert decía que en una novela una palabra no puede ser cambiada porque cambia todo el sentido de la novela”.
Vargas Llosa tiene muchos admiradores, muchos de los cuales también admiran a Onetti. Aunque no hay nada más opuesto a la vida y obra de Vargas Llosa que la vida y obra de Onetti. Vargas Llosa era disciplinado, escribía todos los días, con horario, con un plan previo de lo que debía pasar en cada capítulo. Onetti solo escribía cuando se le daba la gana. Por eso en San Francisco, en un encuentro del Pen Club, Onetti le dijo a Vargas Llosa: “Tú tienes con la literatura relaciones matrimoniales. Yo, adúlteras”. Estas diferencias no se agotaron en la metáfora de la periodicidad amatoria.
Según la leyenda, a raíz del fallo del Premio Rómulo Gallegos en 1966 —Vargas Llosa participaba con La casa verde y Onetti con Juntacadáveres (en ambas novelas el tema del prostíbulo juega un papel decisivo)—, Onetti habría dicho que era normal que a Vargas Llosa le dieran el premio: el prostíbulo de La casa verde tenía orquesta y el de Juntacadáveres no. Unos años más tarde, en una entrevista en la televisión francesa (ya solo le quedaba un diente por su “mala vida”), Onetti dijo: “En otro tiempo tuve una magnífica dentadura, pero se la regalé a Vargas Llosa”. A pesar de estos dardos Vargas Llosa admiró a Onetti y a otros escritores latinoamericanos.
Aunque también descalificó sin fundamentos a Martín Adán o a Manuel Puig. Recién se publicó Manuel Puig y la mujer araña de Suzanne Jill Levine, Vargas Llosa escribió una reseña en The New New York Times: “De todos los escritores que he conocido, el que parecía menos interesado en la literatura era Manuel Puig (1932-1990). Nunca hablaba de autores ni de libros, y cuando surgía un tema literario en la conversación se mostraba aburrido y cambiaba de tema”. Tal vez era verdad o tal vez a Puig le aburría mucho Vargas Llosa. Además los escritores no tienen la obligación de andar por ahí hablando de su oficio (y los que lo hacen suelen ser los más aburridos y los que peor escriben).
A Saer tampoco le gustaba Puig. Y le gustaba menos que un admirador de la obra de Puig tuviera a su vez la capacidad crítica para admirar su obra. Alan Pauls, amigo de Saer (y admirador de su obra y de la de Puig), a veces se lo decía. Y Saer, claro, se ponía de muy mal humor. Entre gustos y disgustos literarios nadie tiene la última palabra.
