La importancia del narrador ha sido parte de la discusión literaria: una referencia escueta a los libros dedicados a la materia (muchos notables y otros no tanto) abarcaría con injustificada molestia metros y metros de papel, muchos más incluso de los que disponen los periódicos nacionales en su edición dominical. Dejando a un lado el catálogo de referencias, hay de entrada una cuestión clásica: ¿quién cuenta una historia y por qué tiene la necesidad de contarla?
Según Walter Benjamin, el narrador tiene en la mira un reto: transmitir un consejo a quien lo oye. Indudablemente la palabra “consejo” amerita una matización (en especial en estos tiempos de coaches, de influencers o, ya para volver al español, de inmorales consejeros matrimoniales o presidenciales, de embaucadores a sueldo con ínfulas de sabios ancestrales, o de redentores mesiánicos al servicio del Estado): “El consejo no es tanto la respuesta a una cuestión como una propuesta referida a la continuación de una historia en curso. Para procurárnoslo, sería ante todo necesario ser capaces de narrarla. (Sin contar con que el ser humano solo se abre a un consejo en la medida en que es capaz de articular su situación en palabras). El consejo es sabiduría entretejida en los materiales de la vida vivida. El arte de narrar se aproxima a su fin porque el aspecto épico de la verdad, es decir, la sabiduría, se está extinguiendo”.
Desde esta perspectiva el narrador se podría confundir, al menos en la superficie, con un sabio dotado de experiencia, y gracias a esta experiencia estaría en disposición de iniciar o reanudar o continuar la narración. De este ejercicio excluye su historia privada porque sabe que no puede hablar de sí mismo ya que ese grado de la experiencia lo “excede”. Benjamin ilustra esta dificultad con un ejemplo categórico: “Con la Guerra Mundial comenzó a hacerse evidente un proceso que aún no se ha detenido. ¿No se notó acaso que la gente volvía enmudecida del campo de batalla? En lugar de retornar más ricos en experiencias comunicables volvían empobrecidos”. De esta “crisis de la experiencia” se desprende una paradoja: es imposible “transmitir” con fidelidad una experiencia a menos que el que narre en primera persona se convierta en otro. Sin duda ese “distanciamiento” potenciaría la consolidación del proceso narrativo.
Al mismo tiempo sería aconsejable evitar, de acuerdo con Benjamin, una cierta familiaridad o empatía con la experiencia que se pretende narrar, es decir, valdría la pena “enrarecer” el propio material narrativo hasta que parezca irreconocible. Al fin y al cabo el narrador, el narrador que domina los secretos del arte de la narración, tiene una consigna de oro que podría enunciar de un modo pedagógico: no voy a narrar lo que “conozco” sino más bien lo que “desconozco”. ¿O tendría sentido “conocer” lo que ya “conoce”? ¿Acaso esa clase de “conocimiento” no sería una clase de “autoengaño”? (Por lo general la mayoría de los escritores solo escriben de lo que conocen, o sea, solo tienen el buen gusto de escribir sobre sí mismos). En definitiva, narrar sería (si los ideales platónicos aún no parecen pasados de moda) otra forma de conocimiento o de “reconocimiento”.