No estamos capacitados para hablar de amor, pero seguimos intentándolo. Al fin y al cabo el fracaso nos parece encandilador. ¿Cuántas veces más fracasaremos? Yo diría, siendo un poco realista, que el número de fracasos dependerá del número de veces que lo intentemos.
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Sin duda hablar de amor es una de nuestras “obsesiones” o, mejor dicho, una de nuestras “ocupaciones favoritas”. Tal vez sea una de las más inútiles, es decir, una de las más humanas. Hay otras, claro: la muerte o el tiempo o la vida. Aunque el amor sigue siendo una de las más recurrentes. ¿O alguien se ha privado de hablar de amor o de intentar definirlo? No, tal vez nadie ha escapado a la tentación: ni los enamorados (en serie), ni los despechados (en serie), ni los “expertos” en esta materia donde la experiencia carece de valor. Dicen: “El amor es…”. Y sin embargo cualquier definición es insuficiente.
Recurrimos entonces a una nueva estrategia, una de las más desgastadas: las citas. No es un mal recurso: tal vez los otros, los que nos antecedieron, tuvieron mejor suerte. Así, encontramos verdaderas joyas, tibios reflejos de una tibia erudición. El científico Stephen Jay Gould dice: “La palabra amor tiene cientos de diferentes significados. Está el aspecto que incumbe exclusivamente a la pasión sexual (y debemos tener presente que, en principio, pasión equivalía a sufrimiento); hay otro aspecto del amor que se relaciona con aceptar y acostumbrarse a las particularidades del otro; y hay otra cara del amor que se basa en la idea de envejecer junto a una persona. Son todas formas muy diferentes y desearía que existiera una palabra para cada una de ellas”.
En el Diccionario del Diablo, el escritor norteamericano Ambrose Bierce apunta: “Amor. s. Trastorno mental curable por el matrimonio o alejando al paciente de las influencias bajo las cuales contrajo el mal”. Aunque el alejamiento no suele ser la solución ideal y mucho menos cuando se trata de escribir: a Ernest Hemingway le gustaba decir que escribía mejor cuando estaba enamorado. De todas maneras no conviene seguir este consejo al pie de la letra: hay miles de enamorados que nunca deberían escribir ni una carta, ni siquiera una sola línea, o, en el peor de los casos, solo deberían estar autorizados a escribir un acróstico (ojalá no muy ingenioso ya que eso podría ser motivo de ruptura instantánea).
Recordemos las palabras de Don Birnam —interpretado por Ray Milland en la película Días sin huella—, un escritor alcoholizado que reflexiona en voz alta mientras se encuentra acodado en la barra de un bar: “Lo más difícil del mundo es escribir sobre el amor. Es tan simple... Solo se lo puede atrapar en los pequeños detalles. Los primeros rayos del sol de la mañana iluminando el frente de tu casa. El sonido del teléfono repicando como la Pastoral de Beethoven. Una carta improvisada en una estación de tren, escrita en un papel de oficina, que llevas en el bolsillo porque tiene el aroma de todas las lilas de Ohio. Sírveme otro, Nat”.
Un tema complejo a la hora de escribir, sobre todo porque se escribe o se intenta escribir sobre el amor sin nombrarlo. Y está bien que así sea: el vacío y la ausencia son las pruebas del desamor.