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Intelectuales y política

Luis Fernando Charry

30 de mayo de 2026 - 12:59 a. m.

Intelectuales y política: una relación conflictiva, en especial cuando todos intuimos qué es la política: el reino por excelencia de la infamia. Intelectuales y política: ¿para qué?, ¿por qué? Y, a todas estas: ¿qué es un intelectual y en qué ámbitos de la sociedad opera?

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El concepto se remonta acaso al Renacimiento y culmina en Francia con el “Manifiesto de los intelectuales” de 1898 que firman Zola, Proust, Anatole France, entre otros. Por esos días, el concepto tenía, como bien apunta Rafael Gutiérrez Girardot, una carga ideológica: “Mucho más tarde, en los años cincuenta, la sociología neutralizó ese color político y llamó intelectual no solamente a los escritores, sino a los ingenieros, a los médicos, a los abogados, a los gerentes, independientemente de si estos profesionales se ocuparon, después de su paso por la universidad, de cuestiones intelectuales”.

Un intelectual, entonces, era en esencia un escritor. Y los escritores eran en principio los únicos que tenían un vínculo decisivo con la política. Así, a través de esta simbiosis, no solo quedaban autorizados para intervenir en la esfera intelectual sino también para otorgarle a cada intervención un tinte político. (Un ejemplo clásico de aquel poder de intervención, de la manera en que, para decirlo con Jacques Rancière, aquella “sensibilidad política” interviene, sería la recreación del “Caso Dreyfus” en En busca del tiempo perdido).

Con el tiempo esa potestad de los escritores se esfumó. Y cualquiera pudo fungir de intelectual a pesar de que no todos pudieron intervenir en política. Esa fue la desventaja más notoria de estos “nuevos intelectuales” con respecto a los escritores, de la que se desprendió una paradoja: los ingenieros o los abogados o los gerentes de banco se atribuyeron el derecho a escribir poesía (y los resultados, no sobra decir, fueron deprimentes). Esa era la situación en Francia y en Europa a finales del siglo XIX.

En Hispanoamérica, a raíz de lo que Pedro Henríquez Ureña llamó la “división del trabajo”, el poder de intervención de los escritores se limitó de manera casi exclusiva al periodismo y a la enseñanza. Al mismo tiempo se impuso en la literatura la consigna parnasiana de l’art pour l’art; de ahí que no haya, como enseñan los manuales escolares o los tratados de falsa erudición histórica, un rastro ideológico intenso en la etapa inicial del modernismo hispanoamericano, salvo en el campo de batalla, o sea: en el caso de insensatez de José Martí. Esa consigna parnasiana del “arte por el arte” entraría más tarde en pugna con la consigna sartreana del “compromiso”, cuyas repercusiones tienen vigencia en el debate literario contemporáneo y ameritarían una discusión mucho más amplia. Así que en este punto mejor vuelvo al comienzo: intelectuales y política.

Sin duda una relación esotérica y trágica. Por eso cada vez que se traspasan las fronteras empiezan las tensiones ya que los intelectuales insisten en comportarse como intelectuales en vez de comportarse como políticos. Eso los condena. Y de paso nos condena a elegir entre dos extremos. Aunque esta vez (espero los insultos) no creo que sea capaz de votar en segunda vuelta por el extremo menos repugnante.

Por Luis Fernando Charry

Escritor, periodista y editor
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