Johann Paul Friedrich Richter, mejor conocido como Jean Paul, nació en Wunsiedel el 21 de marzo de 1763. Su infancia fue un poco convulsa, en parte por las enseñanzas de su padre —un pastor protestante con aptitudes para tocar el órgano— y en parte por su acercamiento precoz a las ideas de la Ilustración. Riguroso y autodidacta, a los 15 años tenía ya un invariable método de estudio: reseñar en sus cuadernos los libros que leía a la luz de las velas (muchos no aptos para su edad).
Más tarde empezó a estudiar teología en la Universidad de Leipzig, pero las lecturas teológicas no tardaron en producirle un aburrimiento casi mortal. Al mismo tiempo sus inclinaciones literarias afloraron. Así, bajo el embrujo tutelar de Christian Ludwig Liscow y Jonathan Swift, incursionó en la sátira. En 1783 publicó en Berlín un conjunto de esas piezas satíricas iniciales (el título parece un vaticinio de los delirios de cierto fascista contemporáneo): Grönländische Prozesse (Demandas de Groenlandia). El libro, lleno de florituras barrocas, no fue un éxito. Por supuesto, Jean Paul se negó a “depurar” su estilo y siguió escribiendo libros cada vez más complejos donde los laberintos verbales se entremezclan con arsenales de metáforas osadas. A unos no les gustó, a otros les encantó. Vino entonces la fama. Y la lista de admiradores creció.
En 1795 publicó Hesperus, cuyo éxito fue en su momento equiparable al éxito de Las penas del joven Werther de Goethe. Por esos años de notoriedad viajó por Alemania: en Weimar no fue bien recibido por Schiller ni mucho menos por Goethe, aunque en Berlín Fichte, Tieck y Schlegel se rindieron a sus pies. Sus admiradores extranjeros fueron numerosos; cabe mencionar a Madame de Staël, Thomas Carlyle y Thomas De Quincey.
A partir de 1800 la fama de Jean Paul decreció: el fracaso y las deudas poco a poco le arruinaron la mala salud que tuvo toda su vida. Murió en Bayreuth el 14 de noviembre de 1825.
Un siglo más tarde el poeta Stefan George rescató del olvido la obra de Jean Paul. De ese material ingente, acaso lo más memorable sea la novela Siebenkäs: unas 600 páginas de humor puro y duro que giran alrededor de las penurias conyugales de Firmian Stanislaus Siebenkäs, especialista en defender las causas de los pobres. Aparte de algunos errores judiciales en los estrados, Siebenkäs ha cometido un gran error: se ha casado con una mujer a la que no quiere. El propio Siebenkäs, durante la fiesta de matrimonio, se lo confiesa a su mejor amigo: Heinrich Leibgeber. Entre copa y copa, Leibgeber le aconseja que finja su muerte para poder comenzar una nueva vida en otro lugar.
Por lo demás, Siebenkäs y Leibgeber (tal vez no sea inoportuno hacer este tipo de revelaciones) parecen “hermanos espirituales” y tienen incluso un parecido físico bastante obsceno. Esta incorporación de la figura del doble le otorgó a Jean Paul el derecho de patentar el término doppelgänger, el cual ha circulado desde entonces en las altas esferas del canon literario occidental: de Byron a Nabokov, pasando por Poe y Dostoyevski.
Jean Paul a su vez exploró en Siebenkäs los diversos alcances de los sueños en la narración. De uno de esos sueños hablaré en otra columna.