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Knausgård: entre bombos y platillos

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Luis Fernando Charry
15 de enero de 2022 - 05:30 a. m.
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V. S. Naipaul tenía dos preceptos inquebrantables: la impuntualidad no se puede perdonar y nunca se le debe dar a nadie una segunda oportunidad. A Karl Ove Knausgård yo llegué tarde, acaso intimidado por las dimensiones de la obra: seis tomos de 650 páginas en promedio, o sea, unas 4.000 páginas. ¿A cuántas horas equivalían esas cifras? Era mejor no saber.

En esa época Knausgård había vendido en Noruega casi medio millón de ejemplares, es decir que uno de cada diez noruegos había leído la obra. Apareció a continuación Andrew Wylie, el agente literario más temido del planeta (en el gremio lo llaman el Chacal), y en poco tiempo la obra se tradujo al inglés y se convirtió en objeto de adoración. Entre sus adoradores se encontraban escritores de renombre: Jeffrey Eugenides, Zadie Smith, Jonathan Lethem, Rachel Cusk; la propia Cusk (cuya obra tiene más de un elemento en común con la obra de Knausgård) calificó el objeto de adoración con una frase digna de titular de prensa: “Quizá la empresa literaria más significativa de nuestro tiempo”.

Por el lado de la crítica, hubo deliciosas opiniones contradictorias: James Wood (The New Yorker) se aburrió a ratos aunque a su vez siguió interesado en la lectura, y Dwight Garner (The New York Times) se declaró extenuado al llegar al punto final del sexto tomo: “Cuando terminé, sentí que en mi cuello había marcas de colmillos. Quería una transfusión de sangre. Hay pocos libros que de un modo más ávido no volveré a leer”. Otros críticos, por lo general parcos en elogios, subrayaron ciertas semejanzas con Marcel Proust.

A esas alturas yo tenía la impresión de que ya había leído “toda” la obra: un escritor idéntico en sus rasgos a Knausgård, incapaz de escribir una obra maestra, siempre al borde del colapso, reconstruye su pasado —la infancia, las drogas, el sexo, las conflictivas relaciones familiares, en especial con un padre alcohólico— como si la escritura fuera la mejor terapia creativa. De las mujeres a las complejidades de la paternidad, de las dudas del “estilo literario” a un comentario de 400 páginas (en 40, o incluso en 4, según Garner, habría quedado bien) sobre las extrañas filiaciones del título de su propio proyecto —Mi lucha— con el título de la autobiografía de Hitler. En definitiva, una especie de canto a mí mismo “despiadadamente” autorreferencial: nombres propios de familiares y amigos (cada tomo tiene además una foto bastante sexy del autor en la portada), y varias demandas por daños y perjuicios.

Con estos antecedentes yo no podía seguir postergando las cosas. Agarré el primer tomo —La muerte del padre— y empecé a leer: “La vida es sencilla para el corazón: late mientras puede. Luego se para”. Salté al siguiente párrafo: “En el instante en que la vida abandona el cuerpo, el cuerpo pertenece a lo muerto”. Leí diez páginas más de cháchara en su máximo esplendor. Sin pensarlo dos veces lo cerré. Para desintoxicarme leí de un tirón las seis novelas autobiográficas de Giorgio Bassani que conforman La novela de Ferrara. Unos meses más tarde, contraviniendo a Naipaul, volví a Knausgård: por segunda vez no pasé de la décima página.

No volveré a intentarlo por tercera vez.

Luis Fernando Charry

Por Luis Fernando Charry

Escritor, periodista y editor
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Esteban(36704)15 de enero de 2022 - 06:17 p. m.
Luis Fernando: Me encanta tu valentía. Gracias plenas y abrazos totales. Bancho, alias Esteban Carlos Mejía
Daniel(rvd59)15 de enero de 2022 - 03:45 p. m.
Lección aprendida: nunca se pueden dar segundas oportunidades.
Atenas(06773)15 de enero de 2022 - 01:23 p. m.
Quizá llegaste tarde a la cita, afortunada/. Y cuántos han y hemos vivido sin un ápice de lectura de ciertos autores q’ en el mundo han sido. Y me lo explico así: ¡cómo hicieron en Atenas o el pueblo de Israel, o en la Roma imperial y hasta en la hegemonía gringa sin haber nacido aquellos q’ tan prolíficos son! Con M.Proust hasta La náusea- y Sartre- tuve. Interesante columna.
  • Marta(76306)15 de enero de 2022 - 07:01 p. m.
    Entre gustos no hay disgustos. Me leí los seis tomos, uno tras otro y esperaba con avidez la publicación del siguiente. El último, en algunas partes lo leí con dificultad. Pero en general disfruté enormemente sus páginas.
Maria(79747)15 de enero de 2022 - 12:52 p. m.
Pienso que hay escritores que no muestran un ápice de generosidad por sus lectores, ni les da pena quemar el tiempo de otros. Escriben para sí mismos. Son egos magnánimos a los que no vale el esfuerzo de asomarse.
Martín(5541)15 de enero de 2022 - 10:50 a. m.
Esta columna es una pérdida de tiempo.
  • SALOMON(71695)15 de enero de 2022 - 11:23 a. m.
    Como leer a Knausgard, una pérdida de tiempo. Le hace perfecta compañía a Murakami y Auster.
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