Prisión perpetua explora en clave autobiográfica el reto inicial de cualquier artista: sobreponerse a la angustia de las influencias. Al comienzo el narrador (¿se trata de Emilio Renzi, el mismo personaje-narrador de Respiración artificial, Blanco nocturno o Los diarios de Emilio Renzi, entre otros libros de Ricardo Emilio Piglia Renzi?) invoca a su padre antes de empezar a contar su propia historia: “Una vez mi padre me dio un consejo que nunca pude olvidar: «¡También los paranoicos tienen enemigos!», me dijo, a los gritos, en el teléfono, tratando de hacerse entender desde la lejanía, en febrero o marzo de 1957. No era un consejo pero siempre lo usé así: una máxima privada que condensa la experiencia de una vida”. Este comienzo tiene la cadencia del comienzo de El gran Gatsby: “Cuando era más joven y más vulnerable, mi padre me dio un consejo en el que no he dejado de pensar desde entonces. «Siempre que sientas deseos de criticar a alguien», me dijo, «recuerda que no todo el mundo ha tenido las ventajas que tú has tenido»”. Un comienzo con “dos” padres: un peronista fervoroso que pasó una temporada en la cárcel y un escritor norteamericano llamado Francis Scott Fitzgerald. De los dos, solo uno puede sobrevivir.
Por eso en el altar de los sacrificios prevalecen los intereses artísticos: “La historia de mi padre no es la historia que quiero contar. La convención pide que yo les hable de mí pero el que escribe no puede hablar de sí mismo. El que escribe solo puede hablar de su padre o de sus padres y de sus abuelos, de sus parentescos y genealogías”. ¿De “su” padre? ¿O de “sus” padres? El plural anula las interpretaciones erróneas e inaugura de paso la serie: “padres”, “abuelos”, “parentescos”, “genealogías”. Esta serie esclarece a su vez el sentido borroso del “comienzo” ya que las primeras frases de Prisión perpetua estarían en realidad aludiendo al origen de la vocación literaria. “Voy a hablar primero de mi(s) padre(s)”, habría podido decir el narrador de esta gran novela corta de Piglia, “porque voy a hablar de mí” (los consejos de un padre, el estilo literario del otro padre).
Desde luego que la(s) sombra(s) paterna(s) solo es una excusa para hablar de sí mismo: una mudanza intempestiva a los 17 años, una nueva vida familiar en Mar del Plata, algunos amores adolescentes (la mayoría despiadados), la escritura del mítico diario que servirá como laboratorio de la ficción (los tres tomos de Los diarios de Emilio Renzi, 1.280 páginas en total) y, sobre todo, la influencia de un tal Steve Ratliff: un norteamericano que tiene el honor de infectarlo con el germen de la literatura.
Así, el joven narrador de Prisión perpetua empieza a estudiar inglés y lee por primera vez a William Faulkner, a Henry James, a Hortense Calisher, a Robert Lowell. Ratliff también le regala una tarde El gran Gatsby en una edición de Scribner’s. Si no fuera por Ratliff, dice en alguna parte el narrador (Piglia/Renzi), no habría sido escritor ni habría escrito los libros que escribió. ¿Acaso Ratliff sería el “tercer padre” o, mejor dicho, el eslabón inicial de la serie?
Yo, por lo pronto, solo estoy seguro de que no existió, aunque eso poco y nada importa.