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La antorcha vienesa

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Luis Fernando Charry
07 de marzo de 2026 - 05:05 a. m.
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El primer número apareció en abril de 1899 con un editorial (o una declaración de principios no apta para todos los lectores vieneses) cuyo tono trazaba de un modo inequívoco la hoja de ruta: “En una época en que Austria amenaza con sucumbir por aburrimiento agudo antes aun de la solución deseada por el bando radical, en un momento que ha traído turbulencias políticas y sociales de todo tipo a este país, ante una opinión pública que entre la intransigencia y la apatía encuentra un acomodo lleno de tópicos o sin idea alguna, el editor de esta revista, que hasta ahora ha permanecido apartado, realizando sus comentarios desde un lugar poco visible, decide lanzar un grito de combate”. Sin duda el nombre de la revista en cuestión —Die Fackel (“La antorcha”)— exhibía los rasgos más incandescentes del editor: Karl Kraus.

Judío aristocrático de memoria prodigiosa, prosista superdotado, admirador impenitente de Peter Altenberg, Goethe, Ludwig Speidel, Adolf Loos, Jean Paul, Oscar Wilde o Shakespeare (y detractor de Heinrich Heine o Arthur Schnitzler, entre otros), Kraus fundó y editó Die Fackel y, a partir de 1911, se convirtió en su único colaborador. A esas alturas tenía ciertas aprensiones: “Ya no tengo colaboradores. Los envidiaba. Me ahuyentaban los lectores que quiero perder yo mismo”.

En cifras redondas, Kraus alcanzó a poner en circulación 922 números de Die Fackel, es decir, unas 22.500 páginas. En total, 37 años de labores, salvo un receso “autoimpuesto” en 1934: ese año se le ocurrió sacar una “edición especial” con todos las números del año y un titular explicativo: “¿Por qué Die Fackel no se publica?”. En esa “edición especial” aparecieron algunos apartes de La tercera noche de Walpurgis, aunque este libro solo se publicaría en su totalidad en 1952. Empieza así: “No se me ocurre nada sobre Hitler”. Pero en las siguientes 300 páginas a Kraus se le ocurren algunas cosas y profetiza el advenimiento del nazismo.

Descontando sus dones proféticos, la valía de Kraus solo se debería ceñir al campo estilístico ya que sin su influjo no se podría entender la obra de Thomas Bernhard (1931-1989) o de los premio Nobel Peter Handke (1942) y Elfriede Jelinek (1946). Y tampoco se entendería la historia.

El 28 de julio de 1914 se publicó la proclamación, firmada por el emperador Franz Joseph I, por medio de la cual Austria-Hungría le declaraba la guerra a Serbia. Era el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Kraus admiró en muchas ocasiones la calidad estilística de esa proclamación, en especial una frase que solía citar, la cual le atribuía al emperador. Adan Kovacsics, traductor y encargado de la edición de “La antorcha”. Selección de artículos de “Die Fackel”, se refiere a esta anécdota y aclara que el autor no fue el emperador sino Moritz Bloch, un funcionario del gabinete imperial. Dice Kovacsics: “La frase a la que Kraus tantas veces alude (‘Lo he ponderado detenidamente’) no figura así en la proclamación, pues esta dice: ‘Todo lo he examinado y ponderado’. Aun así, la frase pasó a la historia tal como la transmitió Kraus”.

El criterio estilístico de Kraus se impuso al criterio de los grandes jerarcas de su época. Y tal vez está bien que así sea.

Luis Fernando Charry

Por Luis Fernando Charry

Escritor, periodista y editor
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