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“La granada” de Walsh

Luis Fernando Charry

27 de agosto de 2022 - 12:30 a. m.

Rodolfo Walsh publicó en 1965 dos obras teatrales: La batalla y La granada. En ambas confluyen los mismos elementos de su obra narrativa: política, denuncia, parodia. La granada, creo, es la más lograda. ¿Acaso se trata de una tragedia cómica o de una comedia trágica?

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En medio de una serie de maniobras militares un poco fantasmagóricas, surge un conflicto delirante en un batallón. El soldado Aníbal Gutiérrez, adiestrado para la guerra por sus superiores, manipula por error una granada de fabricación suiza. Contra todos los pronósticos, la granada no estalla. Este “error” obliga al soldado Gutiérrez a convivir una noche larga con la granada en su mano, bloqueando el dispositivo con el pulgar. Al día siguiente el soldado Gutiérrez es acusado de traición. Según el capitán Aldao, la granada nunca se activará y el soldado Gutiérrez se ha valido de este pretexto para evadir sus obligaciones militares.

El argumento de la obra tiene al menos dos rasgos destacables: el uso paródico de la jerga militar, una jerga que siempre tiene un carácter marcial, y la denuncia irónica de la brutalidad de las prácticas militares y sus profundos contrasentidos, en especial cuando entra en escena el soldado Gutiérrez con la granada en la mano. Uno de sus superiores dice que no solo balbucea sino también “(…) se me pone a llorar como una nena”. El soldado Gutiérrez, que debería comportarse como un héroe del batallón octavo, no puede articular. Y sus superiores intentan tranquilizarlo e incluso le dicen: “Nosotros lo vamos a ayudar, para eso están los jefes”.

A partir de esta delicada construcción se lleva a cabo el segundo acto de la obra, donde el soldado Gutiérrez ha sido aislado por orden de sus superiores. En realidad se trata de una medida de precaución, no vaya a ser que la granada se convierta en un “aliado” de los enemigos y destruya parte de las instalaciones del regimiento (vale la pena decir que el cencerro que tiene el soldado Gutiérrez en el cuello suena cada vez que se mueve por el escenario bajo la luz intermitente de un faro). En otras palabras: el soldado Gutiérrez se convierte en un prisionero de guerra “encarcelado” en su propio terreno. A estas alturas de la obra, claro, solo nos preguntamos una cosa: ¿a qué hora estallará la granada? El suspenso se prolongará hasta el tercer acto.

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Ha llegado la hora de “juzgar” al soldado Gutiérrez. ¿Juzgarlo? Parece una anomalía más dentro de una larga serie de anomalías. Sin duda hay una fractura en el interior del batallón: en una esquina el acusador y en la otra el acusado y sus defensores. A pesar de pertenecer al mismo bando y de luchar contra un enemigo común, lo cierto es que los militares son las dos caras de un rencoroso antagonismo. De este modo salen a la luz todas las inconsistencias, todos los vicios, todas las debilidades de una institución. En cierto sentido el mensaje retoma el cliché a través de una perspectiva distorsionada: el enemigo no está fuera del cuartel. Es más: “nunca” se ha ido. Todo es un poco confuso, como siempre ocurre cuando se acusa a alguien de un crimen que no ha cometido. De ahí el giro final de la obra (que por respeto a los lectores me siento incapaz de revelar).

Por Luis Fernando Charry

Escritor, periodista y editor
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