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La historia en las tablas

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Luis Fernando Charry
22 de octubre de 2022 - 05:30 a. m.
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Dos obras de teatro (espero que los tibios odiadores del género no pierdan la calma todavía: se trata, lo juro, de dos obras casi por completo olvidadas) indagan en los inagotables entretelones de la historia mexicana del siglo XIX. Esta indagación se reduce en Don Juan en Chapultepec de Vicente Leñero a una cierta tensión con el pasado: el emperador Maximiliano I, la emperatriz Carlota y el dramaturgo español José Zorrilla (autor de la famosa obra Don Juan Tenorio, que a su vez recrea el mito del donjuán) conviven con ejemplar naturalidad en un mismo espacio cronológico, en un solo acto teatral. Según cuenta la “leyenda”, Maximiliano, en medio de las muchas crisis conyugales con Carlota, le encomienda a Zorrilla que establezca el llamado “teatro nacional” bajo la ideología del bando realista. ¿Esto pasó o no pasó? ¿Y si pasó en realidad pasó “así”? ¿Estos parlamentos de corte social e intimista reproducen con fidelidad aquella anécdota? ¿Cómo debemos interpretarlos a la luz de cualquier “puesta en escena”?

Todo se complejiza un poco más en Felipe Ángeles de Elena Garro. Esta obra gira alrededor de un hecho de escasa difusión dentro de los anales de la Revolución mexicana: el juicio —sumarial, como debe ser: un improvisado consejo de guerra lo ha declarado traidor a la Revolución— de Felipe Ángeles, el combativo general villista. A lo largo de la obra se reconstruye con minucia el último viaje de Ángeles, desde que llega a Chihuahua hasta la última noche que pasa antes de ser fusilado. El antagonista de Ángeles es Carranza. Por supuesto, Garro parte de un personaje histórico para construir un personaje ficcional y de paso reescribir y/o reinterpretar un episodio de la historia. En la primera parte de la obra se puede leer el siguiente parlamento: “Ángeles: Carranza equivoca las palabras para disfrazar los hechos, por eso es peligroso. Nunca ha estado dispuesto a asumir el origen secreto y verdadero de sus actos, es decir, la verdad. Y en este caso la verdad es que uno de nosotros dos debe morir, porque somos incompatibles, aunque la muerte de cualquiera de nosotros dos signifique el naufragio de los principios por los cuales peleó el pueblo”.

Si bien estas palabras simbolizan la heroicidad de Ángeles y sin duda su deseo por fijar su nombre en la historia (nada garantiza mejor esta canonización que una muerte violenta), lo cierto es que el personaje de Garro retoma la versión del personaje histórico para enunciar de una manera elíptica la verdad, la verdad individual que está directamente inserta en la verdad colectiva de todo un pueblo: no en vano en su discurso de defensa expone, con mayores o menores aciertos, cuáles han sido sus logros en las distintas gestas militares o su papel en el desarrollo político. Ángeles, el personaje ficcional, se defiende, se somete, se deja humillar porque intuye que su muerte hace parte del sacrificio por sacar a la luz la verdad. A lo mejor piensa, como el personaje histórico, que su muerte servirá para que el panorama nacional sea menos bochornoso. En esta decisión, claro, no solo está en juego el futuro sino más bien la posteridad. ¿Es acaso ahí cuando al fin se llega a leer la verdad como “ideología”?

Luis Fernando Charry

Por Luis Fernando Charry

Escritor, periodista y editor
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