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Lion Feuchtwanger

Luis Fernando Charry

10 de marzo de 2023 - 09:05 p. m.

La vida del escritor alemán Lion Feuchtwanger (Múnich, 1884-Los Ángeles, 1958) estuvo marcada por las turbulencias del nazismo, en especial por los acontecimientos del 30 de enero de 1933, cuando el presidente Paul von Hindenburg nombró como canciller a Adolf Hitler. Esa misma tarde, mientras Feuchtwanger se encontraba dictando una conferencia en los Estados Unidos, su casa fue allanada por un escuadrón de oficiales: los manuscritos de sus proyectos literarios fueron destruidos (Gustav, uno de los personajes centrales de Los hermanos Oppermann, padecerá una vejación similar) y su biblioteca —llena de incunables y otros tesoros— quedó reducida a escombros. No era el fin sino el comienzo del fin. En mayo todos sus libros publicados hasta la fecha avivaron el fuego de las quemas de libros orquestadas por los nazis, y a principios de junio le retiraron la ciudadanía alemana. Al poco tiempo se instaló con su esposa en el sur de Francia.

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En medio de la debacle, condenado a ser un apátrida, se distrajo escribiendo. Tres meses tardó en poner el punto final de una novela: Los hermanos Oppermann. Esta obra maestra transcurre desde finales de 1932 hasta mediados de 1933 y gira alrededor de una familia judía en la que cada personaje afronta su destino con la dignidad de los héroes trágicos: Gustav, el intelectual, irrestricto defensor de la razón como fundamento exclusivo del progreso humano y autor de una biografía de Lessing a punto de ser publicada por la editorial Minerva; Edgar, un afamado laringólogo, dueño de una vida tan apacible que le permite atormentarse más por un ligero desperfecto en un diente que por el advenimiento de la supremacía racial; Klara, encarnación de la mesura, visionaria, casada con un negociante con el que no tardará en huir a Suiza antes de que las cosas se salgan de control; Martin, hombre pragmático y director del emblemático negocio de muebles del cual proviene la riqueza de la familia. El fundador fue Immanuel Oppermann. Pero de Immanuel nada sobrevive, salvo varios retratos que adornan las oficinas y las casas familiares (ninguno de los herederos, claro, sabe cuál es el “original” y cuáles son las “réplicas”). Entre los personajes secundarios, acaso el más relevante sea Berthold, un adolescente insobornable que se niega a disculparse ante sus compañeros de clase por el contenido de un trabajo académico.

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Algunos compran libros por las estadísticas de ventas y otros compran libros por lo que son. La primera edición de Los hermanos Oppermann se publicó en Ámsterdam y se convirtió de manera instantánea en un éxito global: a lo largo de 1934 se tradujo a más de 10 lenguas y, si los estadistas comerciales hicieron bien los cálculos, se vendieron unos 250.000 ejemplares (incluyendo 20.000 en alemán). Su irrupción valorizó una época ya de por sí fecunda en obras maestras: Berlín Alexanderplatz (1929) de Alfred Döblin, El hombre sin atributos (1930-1942) de Robert Musil, La marcha Radetzky (1932) de Joseph Roth, Los sonámbulos (1932) de Hermann Broch, Auto de fe (1935) de Elias Canetti.

La obra de Lion Feuchtwanger no es inferior a la obra de ninguno de sus contemporáneos y esta mera constatación ameritaría su lectura.

Por Luis Fernando Charry

Escritor, periodista y editor
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