Algunas pasiones contradictorias ha suscitado José Asunción Silva. A lo mejor por eso sus tres biógrafos putativos —Enrique Santos Molano, Fernando Vallejo y Ricardo Cano Gaviria— no se han puesto de acuerdo en algo tan elemental como las circunstancias de su muerte.
Santos Molano, en El corazón del poeta, dice que Silva no se mató sino que lo mataron a sangre fría unos familiares un poco rastreros en una fábrica de baldosines en las afueras de Bogotá. Después, llevaron el cadáver a la ciudad y lo metieron a la casa para que pareciera un suicidio. Fernando Vallejo desestima esta versión, y en Almas en pena chapolas negras dice que Silva se suicidó porque ya no podía soportar más la muerte de su hermana Elvira: “Silva se pegó el tiro sentado en la cama, recostado en la almohada, poniendo el edredón sobre el pecho para amortiguarse el ruido, y tras atravesarle el corazón la bala salió del cuerpo y fue a dar a la pared, a abrir el boquete. En esos momentos él estaba tan solo en la casa como en la vida, que se le fue”.
Cano Gaviria coincide con Vallejo, pero difiere en las causas, y en José Asunción Silva, una vida en clave de sombra dice que el suicidio de Silva no fue por el amor desmedido a su hermana Elvira, sino más bien por una estruendosa quiebra económica. A esto mismo alude Rafael Pombo en una carta dirigida a los hermanos Ángel y Rufino José Cuervo a París, donde dice en clave telegráfica: “Dos plieguitos y medio. Suicidio ayer o antenoche de José Asunción Silva, según unos por el juego de $4.000 de viáticos de cónsul para Guatemala; por atavismo en parte, mucho por lectura de novelistas, poetas y filósofos de moda. Tenía a mano El triunfo de la muerte de D’Annunzio y otros malos libros”.
Aunque Silva no solo se mató por estar en la quiebra o por leer malos libros: los versos de un tipo raro, abstemio, que se había negado a hacerse socio del Jockey Club, que no peleaba y era incapaz de montar a caballo, casi nunca llamaban la atención de la sociedad bogotana; apenas un grupo ínfimo de jóvenes se animaba a oírlo recitar en público. Eso era todo. Según Emilio Cuervo Márquez, “Silva sintió poco a poco que el vacío se hacía a su alrededor, que él era como extranjero en su propia ciudad”.
En efecto, la relación de Silva con Bogotá nunca fue armoniosa. De ahí que la imagen que de la ciudad queda —esa imagen que algunos de sus poemas evocan entre sombras— se rija por un incesante desencuentro. En una carta dirigida a Baldomero Sanín Cano desde Caracas, el 7 de octubre de 1894, Silva dice: “Pero cuando recuerdo los dos últimos años, las decepciones, las luchas, mis cincuenta y dos ejecuciones, el papel moneda, los chismes bogotanos, aquella vida de convento, aquella distancia del mundo, lo acepto todo con la esperanza de arrancar á mis viejas encantadoras de esa culta capital”.
Yo creo, como Cano Gaviria (cuya biografía, por cierto, es superior a las otras y solo tiene méritos), que Silva se suicidó porque estaba en la ruina; todo lo demás, en realidad, pertenece al reino de la especulación en el cual suelen germinar las novelerías (y las novelerías, por lo general, se transforman en “biografías noveladas” de dudosa calidad).