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Macedonio Fernández nunca aspiró a ser escritor ni mucho menos a publicar: aparte de un puñado de cuentos y artículos y poemas dispersos en periódicos y revistas de incierta relevancia, solo publicó en vida tres libros: No toda es vigilia la de los ojos abiertos (1928), Papeles de recienvenido (1929) y Una novela que comienza (1940). El 10 de febrero de 1952 murió en Buenos Aires. Un par de meses más tarde, en un discurso en el Cementerio de La Recoleta, Jorge Luis Borges dijo: “Las mejores posibilidades de lo argentino –la lucidez, la modestia, la cortesía, la íntima pasión, la amistad genial– se realizaron en Macedonio Fernández, acaso con mayor plenitud que en otros contemporáneos famosos. Macedonio era criollo, con naturalidad y aun con inocencia, y precisamente por serlo, pudo bromear (como Estanislao del Campo, a quien tanto quería) sobre el gaucho y decir que éste era un entretenimiento para los caballos de las estancias”. Tenía razón Borges: el humor de Macedonio era muy criollo y muy distintivo de su personalidad.
Y de su obra. Aunque el humor de Macedonio (como el humor de Kafka y de otros genios destinados a la inmortalidad) pasa con frecuencia desapercibido. En especial en su obra maestra, Museo de la novela de la Eterna, publicada 15 años después de su muerte, cuyo “trasfondo metafísico” parece calcado del siguiente pasaje de Ecce homo de Nietzsche: “Siempre hay un comienzo que debe inducir a error, un comienzo frío, científico, incluso irónico, intencionadamente situado en primer plano, intencionadamente demorado. Poco a poco, más agitación; relámpagos aislados; verdades muy desagradables se hacen oír desde la lejanía con sordo gruñido –hasta que finalmente se alcanza un “tempo feroce” (ritmo feroz), en el que todo empuja hacia adelante con enorme tensión”. Por supuesto, sería pertinente establecer en principio dónde “empieza” Museo de la novela de la Eterna.
¿En el subtítulo: “Primera novela buena”? ¿O en la dedicatoria a la Eterna? ¿O en las otras dedicatorias? ¿O en uno de los primeros prólogos? ¿O en las cartas a los críticos? ¿O en uno de los “nuevos” prólogos? (¿Acaso no sería posible leer a Macedonio Fernández como un continuador de ciertas tradiciones medievales, o sea, leer Museo de la novela de la Eterna como uno de esos libros donde el corpus no es más que una suma de prólogos o de “falsos comienzos”?) ¿O en esa breve teoría sobre la construcción de la novela perfecta? ¿O en esa sinopsis de la novela titulada “A las puertas de la novela”? ¿O más bien en el mensaje dirigido a los personajes de la novela? ¿O en uno de aquellos intempestivos segmentos conversacionales/confesionales en los que el narrador se enfrenta con un personaje, lo juzga y lo condena? (No está de más decir que el personaje nunca, o casi nunca, sabe por qué se lo está condenando ni mucho menos si tiene derecho a defenderse).
Sin duda todas estas preguntas son vanas. Pero sirven al menos para poner en evidencia el complejo dispositivo narrativo de Macedonio Fernández, es decir, esa manía de emplear la postergación como otra forma de “narrar”. Al fin y al cabo los “falsos comienzos” también hacen parte de la trama secreta de la historia.
