Madres e hijas: una relación productiva a lo largo de la historia del teatro: de los griegos a Tennessee Williams, pasando por Ibsen, por Strindberg, por Chéjov y, ya en el ámbito de la lengua española, por Lope de Vega o por el gran Calderón de la Barca (¿enarcarán las cejas algunos lectores si les confieso que me parece más grande que Shakespeare?). A García Lorca dejémoslo en paz a pesar de que las tensiones entre madres e hijas acaso sean lo más logrado de sus obras más reconocidas. Dejemos en paz a Lorca y también a Virgilio Piñera. A todos dejémoslos en paz. Y veamos de una vez dos escenas o, mejor, dos diálogos de dos obras latinoamericanas. (Indudablemente, no son “diálogos antológicos” y por eso producirán un efecto paradójico en los lectores: a los que odian el teatro les darán una buena justificación para seguir odiándolo y los que aún no lo odian tendrán una oportunidad de lujo para empezar a odiarlo).
Dicho eso, vayamos al primer diálogo de Malinche de Inés Stranger:
“—¿Los conoces? ¿Ya los has conocido?
—No. Pero hace días que el capitán me observa mientras busco la leña.
—¿Te ha tocado?
—Nos hemos mirado…
—¿Solo eso?
—Y le miré las manos… presentí su calor y el deseo me cruzó como un rayo.
—Cállate. No quiero oír esto que dices.
—Tampoco quisiera decírselo, madre, pero ya no puedo ocultarlo”.
En este diálogo saltan a la vista los rigores de la educación tradicional: la madre teme violar las normas establecidas que ella ha seguido al pie de la letra. A esa figura materna se contrapone la figura de la hija que ya no quiere ni puede ser una continuadora de esa vida opresiva, en la cual la sexualidad sigue siendo un tabú del que no conviene hablar (menos con la madre). Evidentemente, en las palabras de la hija no solo hay un arrebato de rebeldía sino una postura liberadora del cuerpo.
El segundo diálogo es de La malasangre de Griselda Gambaro (a los interesados les soplo el dato: todo pasa al comienzo de la tercera escena):
“Madre: No debiste hacerlo.
Dolores: «Él» no debió hacerlo.
Madre: Tu padre es duro.
Dolores (culpable, pero orgullosa): Nadie me pondrá la mano encima.
Madre: Sí. Pero hay muchas maneras de golpear.
Dolores (burlona): Sabia. Lástima que esa sabiduría nunca la usás con vos. Te golpean de muchas maneras, pero ninguna te irrita bastante”.
Este diálogo entre madre e hija expone en privado un incidente familiar cuyo responsable parece seguir las leyes instauradas por los militares en el poder durante la dictadura del general Rosas. En concreto la conversación alude al padre de Dolores, un militar que impone en su casa un estado de autoritarismo. Hay golpes. Muchos. Y de eso no se salva ni la madre ni Dolores.
Por eso Dolores rechaza sin vacilar los “parámetros educativos” de su padre, ya que en el fondo quiere cortar de una vez esa racha de maltrato: si su madre se ha dejado maltratar durante tantos años, ella no piensa seguir su ejemplo. Dolores (el nombre, claro, tiene unas connotaciones harto predecibles) quiere vivir en realidad una vida que merezca ser vivida, una vida donde ella pueda llegar a la realización individual. Y para lograrlo solo deberá devolver un poco de la violencia que ha recibido.