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Modelos de enamorados

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Luis Fernando Charry
13 de enero de 2024 - 02:05 a. m.
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A propósito de Fragmentos de un discurso amoroso, Alan Pauls comenta: “Un enamorado según Barthes; es decir: alguien que ama pero está solo, sin el objeto de su amor, y puede por lo tanto abandonarse al ejercicio híbrido, mitad mental, mitad verbal, de «maquinar» sobre la relación que lo ata al objeto de amor. ¿Un enamorado infeliz? Tal vez”. ¿No es acaso el “modelo Barthes” el espejo de Rímini, el protagonista de El pasado de Alan Pauls?

En efecto, El pasado gira alrededor de estos estados de la pasión amorosa. Rímini y Sofía, luego de 13 años de amor, se separan; al parecer el afecto ha quedado en una especie de limbo atemporal donde los momentos de mayor plenitud, de mayor “perfección afectiva” tienden a desfigurarse. Rímini —30 años recién cumplidos, traductor apasionado, adicto a los encantos de la cocaína— permanece gran parte de la novela “sin” Sofía, recuperándola por medio de una serie de imágenes discontinuas mientras ensaya teorías sobre una infinidad de cuestiones intrascendentes, como un erudito cansado ya de su saber.

Es un enamorado, un enamorado paranoico, que no puede dejar de interpretar, como señalara Barthes, todo lo que ve: “El enamorado es el semiólogo salvaje en estado puro. Se la pasa leyendo signos. No hace otra cosa: signos de felicidad, signos de desgracia. En la cara de los demás, en sus comportamientos… En verdad está al acecho de los signos”. En cierto sentido Rímini parece el alumno brillante de Barthes, tal vez el que mejor ha entendido sus teorías.

Por supuesto, el amor à la Barthes se extiende hacia otro tipo de escenarios. En las dos primeras novelas de Alejandro Zambra los restos del amor son también parte de la trama: Bonsái (2006) recrea la vida de Julio, un tipo prematuramente desencantado de los placeres mundanos (malo en la cama, malo en la escritura, malo en todo), cuya única obsesión es regar a tiempo su bonsái, sin duda su único objeto de felicidad. En La vida privada de los árboles (2007), por otra parte, el personaje central es Julián, otro modelo de enamorado, de enamorado insatisfecho que pasa una noche entera esperando el regreso de su mujer mientras evoca fragmentos del pasado.

Estas dos “novelas de amor” se desplazan en el fondo hacia otras latitudes. De Bonsái, una reflexión (mitad en clave zen, mitad en clave Derrida): “Cuidar un bonsái es como escribir, piensa Julio. Escribir es como cuidar un bonsái, piensa Julio”. De La vida privada de los árboles, una declaración de intenciones: “No quería, en verdad, escribir una novela; simplemente deseaba dar con una zona nebulosa y coherente donde amontonar los recuerdos. Quería meter la memoria en una bolsa y cargar esa bolsa hasta que el peso le estropeara la espalda”.

Breves meditaciones sobre la ficción, las novelas de Zambra apelan en principio al motivo amoroso para internarse de golpe en los entramados de la memoria y en su relación estrecha con los “elementos narrables”. A su manera son “miniaturas macedonianas”, o sea: libros que siempre están, como Museo de la novela de la eterna, a punto de empezar aunque “nunca” empiezan —y en esa dilación intencional gravita en gran parte el secreto placer de su efectividad.

Luis Fernando Charry

Por Luis Fernando Charry

Escritor, periodista y editor
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Juan(45350)14 de enero de 2024 - 07:20 p. m.
Felicitaciones excelente columna
MANUEL(73533)14 de enero de 2024 - 12:36 a. m.
Muy elaborado para el lector promedio hasta tornarlo aburrido.
  • Juan(45350)14 de enero de 2024 - 07:18 p. m.
    No lo lea y punto!!!!
conrado(xybxp)13 de enero de 2024 - 08:39 p. m.
Gracias .Para para profundizar...
hernando(26249)13 de enero de 2024 - 04:10 p. m.
Sobre pàrrafo final: postponer es meter la ansiedad en reversa
Edgar(22146)13 de enero de 2024 - 02:43 p. m.
Genial analisis.
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