Hay muchos tipos de historiadores, dicen por ahí (yo sé que cada uno de los lectores de historia tiene sus preferencias), pero esa tipología tal vez se podría acotar si aceptáramos la preceptiva heterogénea de Montaigne. En “Los libros”, acaso uno de sus ensayos más célebres, enuncia de un modo bastante claro (tan claro que podría parecer a primera vista un poco “pedagógico”) una extensa e ingeniosa declaración de principios sobre las condiciones que debe tener el historiador ideal: “Me gustan los historiadores o muy simples o excelentes. Los simples, que no son capaces de mezclar nada propio y que no aportan sino el cuidado y la diligencia de acumular todo aquello de lo que tienen noticia y de registrarlo todo con buena fe, sin elegir ni seleccionar, nos ceden el juicio íntegro para el conocimiento de la verdad. Así ocurre, entre otros, por ejemplo, con el buen Froissart, que llevó adelante su empresa con una ingenuidad tan franca que, si comete un error, no teme en modo alguno reconocerlo y corregirlo en el lugar donde lo ha advertido, y que nos representa la variedad misma de los rumores que circulaban y de los diferentes relatos que le hacían. Es la materia de la historia desnuda e informe; todo el mundo puede sacar partido de ella en la medida que tenga entendimiento. Los muy excelentes tienen la capacidad de elegir lo que merece saberse, pueden seleccionar, de dos relatos, aquel que es más verosímil; a partir de la condición de los príncipes y sus temperamentos infieren sus decisiones y les atribuyen las palabras convenientes. Asumen con razón la autoridad de ordenar nuestra creencia según la suya; pero lo cierto es que esto no atañe a mucha gente. Los del medio —que es el tipo más común— lo estropean todo”.
En la misma línea extrema de Dante, Montaigne también detesta la tibieza. Lo suyo son en el fondo los extremos, esas zonas no colindantes, donde cualquier intento de filiación se convierte de golpe en un pacto sencillamente irrealizable. Simpleza o excelencia son de este modo los polos del litigio en cuestión con respecto al saber de los historiadores. En el primero prevalece la ingenuidad o, si se quiere, la aproximación a la materia de la historia a partir del desconocimiento, de la no preparación, de la incapacidad innata para no llevar a cabo un riguroso aprendizaje. Esta clase de historiador no requiere nada más que un “poco” de entendimiento a la hora de apreciar “algo”. Con eso ya se puede dar por satisfecho. Al fin y al cabo, a eso se reduce su aprehensión de la historia. Esto, en lo que tiene que ver con el historiador simple.
En cuanto al historiador dotado de excelencia, se puede decir que su conocimiento es estructurado, amplio, con una secreta formación en la materia de estudio. No hay aquí improvisaciones; todo planteamiento obedece a un proceso previo de cavilación. Entonces elige entre dos o más opciones, y siempre intenta elegir la mejor, aquella que pueda contener en mayor medida el mayor grado de excelencia. En otras palabras: estos historiadores están capacitados para detectar las inconsistencias, las falsedades, los simulacros de verdad. Cada lector de historia tiene sus preferencias. Y cada uno debe elegir.