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Neorrealismo

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Luis Fernando Charry
21 de febrero de 2026 - 05:04 a. m.
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Otros ya lo han dicho, pero vale la pena decirlo una vez más: en estos tiempos neofascistas muchos presidentes alrededor del mundo (y algunos expresidentes y aspirantes a la presidencia) se han vuelto adictos a las llamadas “redes sociales”. Este tipo de adicciones no son nuevas; al fin y al cabo a los grandes tiranos siempre les han atraído los medios de comunicación masivos: la radio (Hitler y Stalin) o el cine (Mussolini). De los efectos colaterales de esas obsesiones no hay mucho que decir, salvo el papel de Mussolini en la consolidación del gran cine italiano de postguerra.

En efecto, desde el comienzo de su reinado Mussolini se dio cuenta del valor del cine como medio propagandístico. Por eso se dedicó a fomentar una política cinematográfica de corte nacionalista, favoreciendo la producción de cortometrajes impregnados del espíritu italiano y prohibiendo la exhibición y las importaciones de películas norteamericanas.

Al mismo tiempo mandó a construir los legendarios estudios Cinecittà en 1937, donde se produjeron en los siguientes seis años unos 200 largometrajes. Todos repetían la misma fórmula de las comedias hollywoodense: dosis irresistibles de romanticismo dulzón enmarcadas en una historia de fácil comprensión. Y, claro, un final feliz. Es decir: odas puras y duras sobre los atributos del “Duce” y los aportes a la consolidación de la identidad italiana

En 1945, con la caída de Mussolini, el cine italiano abandonó la retórica propagandística y dejó de ofrecer una visión de una Italia perfecta e invencible. A partir de entonces dirigió su mirada hacia un país que debía sobrevivir a las consecuencias de la catástrofe bélica: un país en ruinas, asolado por la miseria, el hambre y el dolor. La escasez de medios y la nueva situación del país obligaron a los directores de cine a reinventar su profesión.

Fue entonces cuando surgió el neorrealismo: un nuevo tipo de cine para una nueva realidad. Sus preceptos eran austeros: elección de locaciones exteriores (los estudios había sido destruidos), colaboración estrecha entre directores y guionistas, improvisación en los guiones, diálogos construidos con la lengua de la cotidianidad, utilización de actores no profesionales (no hay grandes presupuestos) y un ejercicio de cámaras al hombro, al mejor estilo de los documentales, en el cual el montaje se lleva a cabo sin artificios.

Entre los ejemplos clásicos del neorrealismo vale la pena mencionar Roma, ciudad abierta (1945) de Roberto Rosellini, considerada por la crítica especializada como el punto de partida concreto del neorrealismo, El ladrón de bicicletas (1948) de Vittorio de Sica, La tierra tiembla (1948) de Luchino Visconti o La Strada (1954) de Federico Fellini. Precisamente Fellini colaboró en el guion de Roma, ciudad abierta. La película se rodó en escenarios naturales con actores no profesionales. El argumento se basó en un hecho real: la tortura y el asesinato del cura Luigi Morosini durante los últimos años de la ocupación nazi de 1944.

Este tipo de cine tiene ahora un valor agregado ya que no solo ilustra ciertas luchas sino también indigna a los tiranos de turno que no entienden los deseos de la gente del común.

Luis Fernando Charry

Por Luis Fernando Charry

Escritor, periodista y editor
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