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La obra del escritor español Enrique Vila-Matas —una larga meditación alrededor de los problemas inherentes al oficio literario— contiene un persistente “tono meditativo”, el cual se despliega en forma de aforismos o citas: “Seis o siete escenas para cada biografía, pues la vida —lo siento— no da para mucho más” (Historia abreviada de la literatura portátil, 1985). “Por eso escribo. Por eso y porque encuentro un placer en estar escondido, y porque estoy desengañado ya para siempre de la vida” (Lejos de Veracruz, 1995). “¿Eran, por ejemplo, los tan traídos y llevados y tan prestigiosos «años de aprendizaje de un escritor» solo una falacia? ¿Vivíamos sin aprender nada y luego simplemente, como diría Beckett, nos íbamos a la mierda?” (París no se acaba nunca, 2003). Vila-Matas no fue tan lejos aunque tuvo que someterse a un trasplante de riñón. Y sobrevivió para seguir meditando en su última novela, Montevideo (2022), una novela que se podría leer como la contracara de Dublinesca (2010).
Con un intenso trasfondo literario, Dublinesca —el título proviene de un poema de Philip Larkin sobre la muerte de una prostituta— transcurre en un territorio sagrado: Dublín. Por ahí pasaron, entre muchos otros, Oscar Wilde, James Joyce, Samuel Beckett, Iris Murdoch y John Banville, acaso su hijo más ilustre en los últimos tiempos. El personaje central de Dublinesca, un editor, tiene una relación sagrada con la literatura. Y, por supuesto, no desentona con los personajes de la obra de Vila-Matas: una obra, según los expertos, “metaliteraria”, esquiva además a los encasillamientos (¿las novelas son “novelas”, los cuentos son “cuentos”, los ensayos son “ensayos”?).
En más de 50 años de oficio —desde Mujer en el espejo contemplando el paisaje (1971)—, Vila-Matas ha recibido numerosos premios: Prix du Meilleur Livre Étranger, Premio Herralde de Novela, Premio Rómulo Gallegos. De su vasta bibliografía valdría la pena destacar Suicidios ejemplares (1991), Hijos sin hijos (1993), El viaje vertical (1999), Bartleby y compañía (2000), Doctor Pasavento (2005). De escritores vivos o contemporáneos, Vila-Matas prefiere no hablar, solo para dejarlos que sigan escribiendo su obra en paz; pero a la hora de abreviar al máximo la historia de la literatura universal suelta los primeros nombres que se le vienen a la cabeza (“lo que no significa que sean necesariamente mis 10 preferidos”): “Kafka, Pessoa, Lichtenberg, Juan Emar, Joyce, Flann O’Brien, Liz Themerson, Flaubert, Cervantes, Sterne”.
Ante la pregunta obligatoria —¿por qué escribe?—, Vila-Matas acude por lo general a dos maestros: Gide y Mastroianni. A veces, sin embargo, le gusta improvisar citando a una de las figuras de la literatura del siglo XX. “Escribo siguiendo una consigna de Kafka. Es un aforismo que escribió en Zürau: «Lo positivo nos ha sido dado al nacer. A nosotros nos toca hacer lo negativo». También se puede traducir así: «Hacer lo negativo aún nos será impuesto, lo positivo ya nos ha sido dado»”. Y en cuanto a la imposibilidad, como decía Beckett, de aprender algo en la vida, Vila-Matas responde de un modo menos categórico: “De noche se aprende a esperar las mañanas. Como si estas pudieran salvarnos”.
