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Penelope Fitzgerald: prehistoria literaria

Luis Fernando Charry

26 de febrero de 2022 - 12:30 a. m.

Penelope Fitzgerald publicó su primera novela a los 61 años. A esa edad, creo (o tal vez un poco antes), la mayoría de los escritores ya deberían haberse jubilado de las letras para entregarse a los placeres de la poligamia o de la enología o de la diplomacia o de la pintura paisajística (no les recomendaría ni a mis peores enemigos que mezclaran estos placeres), y si el exceso de tiempo libre en algún momento los perturbara, también podrían dedicarse a la producción de mermeladas artesanales de frutas exóticas (uchuva o, en su defecto, maracuyá) o a la exploración de la gastronomía típica de Oceanía o del altiplano cundiboyacense. Otras sugerencias tengo en mente, pero mejor me las reservo y paso ya mismo a hablar del debut literario de Penelope Fitzgerald: The Golden Child.

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Esta novela tuvo en principio un componente afectivo: Fitzgerald empezó a escribirla para entretener a su esposo en los últimos meses de enfermedad. De ahí que sea una “novela cómica” en el peor sentido, es decir: solo busca la risa del lector. Buena parte de la acción transcurre en las instalaciones del Museo Británico, donde se cruzan una serie de personajes caricaturescos; el más verosímil del elenco (cualquier exceso de caricaturización se paga caro) vendría a ser una réplica casi perfecta de la momia de Tutankamón. En todo caso, The Golden Child ejerció una “función paliativa”, y hasta donde se sabe Desmond Fitzgerald se lo alcanzó a agradecer (mayores detalles en la excelente biografía Penelope Fitzgerald: A Life, de Hermione Lee).

A principios de 1977, el mismo año de su debut literario, Fitzgerald publicó The Knox Brothers, un breve estudio biográfico sobre su padre y sus tres tíos; Ronald, el más excéntrico de los tres, fue un católico converso que en sus años de arrepentimiento u ocio (los aspirantes a la jubilación del apartado inicial pueden tomar nota) se dedicó a traducir la Biblia. Un par de años atrás Fitzgerald ya había incursionado en los terrenos de la biografía con un trabajo sobre el pintor y diseñador prerrafaelita Edward Burne-Jones, y una década más tarde volvería a frecuentar estos terrenos cuando publicara Charlotte Mew and Her Friends. Estos libros pasaron desapercibidos. O mejor dicho: quedaron relegados al olvido por la estruendosa consistencia de su obra posterior.

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En efecto, en las siguientes dos décadas Fitzgerald no se cansó de publicar grandes novelas de escasa extensión. Son ocho, en total: unas de marcado corte autobiográfico ambientadas en escenarios ingleses, otras de corte espiritual-poético-filosófico ambientadas en tierras lejanas: Italia, Rusia, Alemania. Todas, por lo demás, cortas. Con razón, John Bayly afirma: “Todos sus libros tienen la calidad y el impacto propio de la brevedad: la sencillez y la línea de visión finamente individualizada de su autora, única en cada caso particular, los hacen parecer más largos de lo que realmente son”.

Yo quisiera hablar en una próxima columna de algunas de esas novelas de Penelope Fitzgerald (1916-2000), una de las grandes escritoras, junto con Iris Murdoch, de las letras inglesas de la segunda mitad del siglo XX.

Por Luis Fernando Charry

Escritor, periodista y editor
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