Giorgio Agamben, en su ensayo “¿Qué es ser contemporáneo?”, dice lo siguiente: “El poeta —el contemporáneo— debe tener fija la mirada en su tiempo. ¿Pero qué ve quien ve su tiempo, la sonrisa demente de su siglo?”. Tengo una respuesta provisional: solo ve ruinas, solo puede ver, como diría Benjamin, un paisaje en ruinas, o sea, un catálogo completo e ilustrado de la barbarie universal. Con este preámbulo esperanzador podemos pasar ahora a José Asunción Silva.
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A Silva siempre se lo ha encasillado de una manera un poco brutal en la categoría de poeta y a este encasillamiento todos han contribuido. El crítico Baldomero Sanín Cano, tal vez su mejor amigo, sentencia: “José Asunción, el poeta, nació en un ambiente literario de holgura relativa y de distinción manifiesta”. Un poeta: que quede claro. Del cual hay unos cuantos poemas vigentes: perfectos, buenos, regulares, malos, pésimos. Cada crítico, como si fuera una asignatura pendiente, ha hecho alguna vez una lista. Andrés Holguín, por ejemplo: “¿Cuáles son, concretamente, esos pocos poemas perdurables? Yo diría que ellos son: «Nocturno» (Una noche…); «Crepúsculo»; «Estrellas»… (?); «Midnight Dreams»; «Triste»; «Los maderos de San Juan»; y algunos fragmentos, acaso, de «Vejeces» o del «Nocturno I» («Poeta, di paso»). ¿Nada más? Tal vez, nada más”. Así que la “obra poética” de Silva “es” su obra o, mejor dicho, la obra que le ha dado “notoriedad”. De esto son tan responsables los críticos como el propio Silva.
Expatriado o en búsqueda de una “patria estética”, Silva se instala de golpe en París. Es una elección consecuente, de acuerdo con Rafael Maya, ya que está “espiritualmente domiciliado” en París. José Umaña Bernal va más lejos: el viaje de Silva a Francia ha sido en realidad una especie de repatriación. Así, pues, París es el lugar donde Silva se reafirma como artista; no es accidental que buena parte de su única novela —De sobremesa— transcurra allá. Y esta reafirmación sería incompleta si al mismo tiempo no se evadiera o “negara” como poeta: en efecto, “ser” poeta equivale a estar de nuevo “preso” en Bogotá. Por eso en De sobremesa reniega de su antigua condición a través de la voz de José Fernández, el personaje principal: “(…) Poeta, puede ser, ese fue el tiquete que me tocó en la clasificación. Para el público hay que ser algo. El vulgo les pone nombres a las cosas para poderlas decir y pega tiquetes a los individuos para poderlos clasificar. Después el hombre cambia de alma pero le queda el rótulo”.
Aparte del poeta, del contemporáneo, ¿quién estaría en condiciones de ver esa “sonrisa demente de su siglo”? Tengo otra respuesta provisional: el forastero. Quiero decir: aquel que tiene la capacidad de convertirse en forastero en la ciudad donde ha nacido. Ser poeta, ser contemporáneo, ser forastero: términos intercambiables de una misma ecuación cuyo resultado estaría cifrado, al menos para mí (y en relación exclusiva con la literatura colombiana), en la figura de José Asunción Silva. A los curiosos no les recomendaría que leyeran una vez más el “Nocturno” sino más bien “La respuesta de la tierra”, donde la “sonrisa demente” del siglo XIX se repliega ante el silencio de la naturaleza.