Julio Cortázar solía quejarse con frecuencia de la falta de humor en la literatura latinoamericana (los curiosos pueden consultar su correspondencia, sus intervenciones públicas o el libro de entrevistas con Omar Prego Gadea). Tenía razón: a los escritores latinoamericanos el humor los oprime. Y esa opresión los vuelve un poco más solemnes de lo que ya son.
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Hay excepciones, sin embargo: Virgilio Piñera, Felisberto Hernández, Mario Levrero (me perdonarán los puristas latinoamericanos que incluya al brasilero Joaquim Maria Machado de Assis) y una larga tradición argentina que va de Lucio Mansilla a Roberto Fontanarrosa, pasando por Macedonio Fernández y Borges, en especial cuando se confabulaba con Bioy Casares. Este Borges no era inferior al “Borges oral”, al Borges que decía que las traducciones de sus libros mejoraban el original o al Borges que solo le gustó El Quijote cuando lo leyó por primera vez en inglés (la segunda vez lo leyó en español y le pareció una mala traducción). Y si el “Antídoto Borges” no funciona se podría acudir a Gombrowicz, el gran escritor polaco que vivió 22 años en Argentina en despectivo aislamiento. Según Ricardo Piglia, Gombrowicz fue el mejor “escritor argentino” del siglo XX; semejante exageración, claro, solo tendría un objetivo: poner a prueba, como Juan José Saer dice, la resistencia (o sea, la falta de sentido del humor) de la intelectualidad argentina. Pero el humor no es una cuestión exclusiva de los argentinos.
En México también hay varios exponentes: de fray Servando Teresa de Mier a Juan José Arreola, sin olvidar al inolvidable Jorge Ibargüengoitia que alguna vez dijo: “Mi interés nunca ha sido hacer reír a la gente, en lo más mínimo. No creo que la risa sea sana, ni interesante, ni que llene ninguna función literaria. Lo que a mí me interesa es presentar una visión de la realidad como yo la veo”. La realidad es caricaturesca. Y por lo tanto trágica. ¿Es trágica porque es caricaturesca? ¿O es caricaturesca porque es trágica? (Juan Rulfo nunca se cansó de repetir que sus historias no eran realmente suyas sino de un tío y ese tío tuvo la misma suerte de todos los mortales y un buen día se murió. Por eso Rulfo se quedó sin historias y así pudo justificar su silencio literario. En cuanto a Pedro Páramo, solo lo escribió porque no tenía ese libro en su biblioteca). Augusto Monterroso —hondureño de nacimiento, nacionalizado guatemalteco y al final exiliado en México— fue otro ferviente partidario del humor. ¿Un humor trágico? ¿O un humor caricaturesco? Cada lector podrá emitir un juicio al terminar la lectura de “La oveja negra”: “En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque. Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura”.
El humor es una cosa muy seria en materia literaria. Y no consiste, por cierto, en “contar chistes”, como se desprende de la escuela de continuadores de Dejémonos de vainas o Sábados felices.