Parece una insensatez seguir hablando a estas alturas de la obra de ciertos escritores; de ahí que en el fondo de cualquier tentativa resuene, como una señal de alerta, el preventivo dictum de T. S. Eliot en relación con William Shakespeare: cada vez que alguien aspira a decir algo nuevo sobre su obra solo puede aspirar en realidad a equivocarse de una forma nueva. Si se aceptara semejante dictamen, ¿no sería mejor dejar en la paz del sepulcro a los grandes nombres de la literatura? (Por supuesto, responder esta pregunta carece de validez, a menos que la corrección política deba prevalecer). Así, Eliot invoca a Shakespeare. Podría invocar a Virgilio, Dante, Milton..., pero invoca a Shakespeare. (Según James Boswell, biógrafo de Samuel Johnson, Shakespeare es el autor más citado en la historia de la literatura inglesa; el segundo, como cabría esperar de un biógrafo interesado en promocionar a su biografiado, es Samuel Johnson).
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Shakespeare es el mismo nombre que ha sido invocado muchas veces por otros escritores, entre esos por el escritor Jorge Luis Borges, cuya devoción hacia Shakespeare tuvo a veces raptos de éxtasis no del todo piadosos. En Borges —esa especie de remake de Vida de Samuel Johnson en el que Adolfo Bioy Casares consignó en 1.663 páginas casi “todas” sus conversaciones con su gran amigo del alma— hay unas 200 alusiones a Shakespeare. Y en la mayoría el juicio de Borges es lapidario.
En la entrada del 31 de mayo de 1971 se lee: “Traducimos Macbeth. Borges (conteniendo la risa): ‘¿Shakespeare es la cumbre del espíritu humano? Mejor no traducirlo; mejor no mirarlo de tan cerca; acabaremos por despreciarlo. ¡Qué dificultad tiene para contar las cosas más simples! ¿O estaba tan acostumbrado al estilo grandilocuente que no podía decir nada con sencillez?’”. Por obra y gracia del ingenio borgeano, estos juicios contienen innumerables muestras de impiedad. En la entrada correspondiente al 30 de agosto de 1953 se lee lo siguiente: “Hablamos de Shakespeare. Dice que en literatura fue un amateur, the divine amateur; lo compara con Dante, verdadero literato. Recuerda que las piezas de teatro no se consideraban literatura: las escribían de cualquier modo, con argumentos ajenos y hasta confusísimos. Cita como ejemplo de debilidad o anticlímax: O, my prophetic soul! My uncle. Borges: ‘Debió elegir cualquier otra palabra, no uncle. Este uncle, después de my prophetic soul, donde el estilo quiere levantarse, es un absurdo bathos. Evidentemente debió escribir his brother. Además los dos my no quedan bien’”.
¿Qué hay en estos juicios? En principio, dos tics tan notorios que se convertirán en una constante a lo largo de su vida y reaparecerán tanto en entrevistas como en sus propios textos ficcionales o ensayísticos. Primero: un modo de leer en el que prevalece la compulsión por rastrear, con una fijación un poco psicótica, los “aciertos” o “desaciertos” literarios. Segundo: un deseo constante por desacralizar ciertos nombres sagrados de la literatura universal con el fin de imponer sus preferencias literarias en cada intervención. Este podría ser el “método de lectura” de Borges: otro escritor, claro, sobre el que ya no habría mucho más que decir.