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Witold Gombrowicz publicó Ferdydurke en 1937. Esta novela suscitó en su momento un gran escándalo nacional por las críticas veladas a los distinguidos partidarios del nacionalismo. Al cabo de dos años la afrenta se hundió en el olvido. Gombrowicz se embarcó entonces hacia Suramérica. El barco llegó al puerto de Buenos Aires el 21 de agosto de 1939. Unos días más tarde los nazis invadieron a Polonia: el comienzo de la Segunda Guerra Mundial detonó el comienzo del “exilio argentino”.
Durante los 23 años siguientes Gombrowicz vivió en pensiones de mala muerte, hizo trabajos periodísticos, dictó clases de filosofía y fue un empleado eficiente de la sucursal del Banco Polaco. Nunca aprendió a hablar bien español, salvo una serie de frases de combate con las cuales se defendía en los cafés y en los bajos fondos porteños. Aparte de estas anécdotas teñidas de cierto color local, Gombrowicz siguió escribiendo, en especial un diario de verificable distinción.
Sin duda la escritura de ese diario —más de mil páginas divididas en tres tomos— se transforma en un mecanismo contra la soledad, el tedio y la locura. (En alguna parte dice que escribe el diario para hablar consigo mismo). Pero el diario no solo es un mecanismo preventivo sino también un mecanismo reflector y todo lo que refleja, o mejor, todo lo que ahí se refleja —sarcasmos, tratados filosóficos, intentos de autocrítica, lamentos, descripciones de la pampa o de oscuros rincones bonaerenses— se deja contaminar por la mirada del extranjero, acaso el único que está en condiciones de observar la verdadera esencia del “ser argentino”: “Es un país al revés, donde el pillo vendedor de una revista literaria tiene más estilo que todos los colaboradores de esa revista, donde los salones —plutocráticos o intelectuales— espantan por su insipidez, donde al límite de la treintena ocurre la catástrofe, la total transformación de la juventud en una madurez por lo general poco interesante”.
Gombrowicz, claro, privilegia la periferia: el punto desde el que puede detectar mejor las fisuras. Y al mismo tiempo se da cuenta de que la periferia es el territorio que la intelectualidad porteña desprecia o al menos se niega a reconocer. Es natural: los intelectuales de aquellos tiempos apuntan hacia lo alto, hacia lo más alto —Europa, por ejemplo— y eso podría terminar conduciendo a la obediencia: “A mí me hechizaba la oscuridad de Retiro, a ellos las luces de París”. En definitiva, Gombrowicz apunta a lo bajo (¿no se podría afirmar que lo bajo, el tono menor y la inmadurez son parte de su discurso?), cuya única finalidad es la desobediencia.
Y la pedantería, desde luego: en medio de las sesiones de traducción de Ferdydurke, en presencia de Sábato y Virgilio Piñera y otros colaboradores de prestigio del Río de la Plata, Gombrowicz se anima a decir una tarde que su novela tiene todos los atributos de los libros universales. Es verdad, claro. Pero puede ser de mal gusto decirlo en voz alta en un café de Buenos Aires, donde la figura hegemónica de todos los salones “plutocráticos o intelectuales”, con quien Gombrowicz nunca se la llevó bien, se llama Jorge Luis Borges.
