Sergio Chejfec alguna vez dijo: “Los recuerdos no me interesan para ser recordados. No me interesa una literatura que sea fiel a los recuerdos y que le brinde tributo al hecho de recordar. Me interesa como experiencia del pensamiento”. Chejfec no fue un autor de ventas masivas ni se ganó ningún premio importante ni padeció el oprobio de ver en cine o televisión una estupenda adaptación de una de sus novelas. Vivió en realidad al margen de las modas literarias, construyendo una obra llena de pliegues y sutilezas, la cual terminaría convirtiéndolo en uno de los grandes escritores (desconocidos) de la literatura latinoamericana contemporánea.
Nació en Buenos Aires en 1956. En esa primera etapa alcanzó a ejercer diversos oficios: secretario, taxista, librero, oficinista. Al poco tiempo empezó a publicar en revistas. En 1990 se instaló en Caracas y allá dirigió la revista Nueva Sociedad. A partir de 2005 y hasta su muerte, hace ocho días, vivió en Nueva York dictando clases de Escritura Creativa en la Universidad de Nueva York.
Como el personaje de la novela Austerlitz, de su venerado W. G. Sebald, Chejfec fue un caminante infatigable; a lo mejor por eso en la mayoría de sus novelas los personajes suelen caminar mucho (esta pasión la recrea de una manera prodigiosa en su novela Mis dos mundos, 2008). También fue un admirador de la discreta perfección estilística de Antonio Di Benedetto y Juan José Saer; a Saer, con quien en muchas ocasiones se lo compara, le rindió incluso un homenaje en “Una visita al cementerio”, un relato de su libro Modo linterna, en el cual cuatro argentinos se encuentran en París para caminar, comer, contar chistes y visitar la tumba de Saer.
Compuesta por 19 libros —novelas, cuentos, poemas, ensayos—, la obra de Chejfec sobrevivió al escrutinio instantáneo de la crítica. Beatriz Sarlo, por ejemplo, subrayó: “De modo sorprendente, pese a su disposición sinuosa e incluso traicionera, la frase de Chejfec es sólida desde el punto de vista constructivo y dubitativa desde el punto de vista semántico. Esto sucede porque, además, es a menudo irónica”.
Una muestra de las frases de las novelas de Chejfec:
Lenta biografía (1990): “Con el matiz secreto que saben aparentar las decisiones íntimas —guarecidas hasta de uno mismo—, resolví hace meses comenzar a escribir, o intentar escribir, lo que se llama, por lo general, ‘mi vida’”.
Boca de lobo (2000): “De las novelas que he leído, no recuerdo una sola que haya tomado partido por la verdad; a lo sumo alguna alcanza a descubrir la marca de algo firme, contundente, pero es como la punta del iceberg, que sirve para prometer cuánto esconde”.
En este punto ciertos lectores tendrán ya lista la pregunta de rigor:
“¿Y de qué se tratan las novelas de Chejfec?”.
A esos lectores les tengo dos noticias —una “buena” y una “mala”— y una cita de Chejfec. Va primero la cita: “Mi manera de escribir no es la de una escritura que avance por la acción o por la intriga sino más bien por la puesta en duda, por la cavilación alrededor de lo que está contando”.
Y ahora las noticias: en las novelas de Chejfec no pasa nada o casi nada, lo cual no quiere decir que cada frase no sea un acontecimiento.